31/10/2018
12:03
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En mi columna del lunes, compartí algunos apuntes sobre el documento elaborado por el equipo de transición y surgido de los llamados foros escucha de pacificación y reconciliación (https://t.co/RQdkwR0flj). Es un desastre épico, pero me quedé a la mitad en la descripción del naufragio. Sigo hoy:

1. Todo el proyecto está marcado por la prisa y el descuido. En varios segmentos, dejaron involuntariamente marcas para (supongo) facilitar el trabajo de los compiladores. Ejemplo (p. 79): “Se tendría que considerar la posibilidad de una fiscalía especializada contra delitos para la salud, con características específicas que le permitieran un eficaz desempeño (drogas)”. En el único anexo del documento, incluyeron una serie de “contribuciones sectoriales al proceso de pacificación y reconciliación”. El problema es que sólo recibieron aportaciones de tres dependencias federales (Semarnat, STPS y Secretaría de Cultura). Y la Semarnat mandó una presentación de Power Point, cuyas siete láminas fueron pegadas como imagen en el documento.

2. El documento está repleto de extrañas decisiones editoriales. Como ilustración, en varias páginas (pero no en todas), destacaron en un recuadro alguna frase entrecomillada, sin dar indicación sobre quién pudo haber sido su autor. En algunos casos, se trata de frases tan anodinas que no se entiende el motivo para ponerlas de relieve. Ejemplo (p. 25): “En el proceso se han recomendado cambios institucionales y no solamente cambios de personas”. Otras, en cambio, son unas perlas de la exageración (p. 39): “Las cárceles se han convertido en campos de exterminio”. ¿Quién dijo eso y en qué contexto? Sabrá Dios.

3. No está muy claro cómo se puede usar este documento (o el proceso que lo produjo) para elaborar una política pública medianamente coherente. Muchas de las propuestas están dolorosamente inacabadas. Por ejemplo, bajo el rubro de proyectos emblemático-inmediatos, se propone la creación de algo llamado Consejo de Paz (p.115). En el texto, le asignan una serie de tareas como la “formulación del Programa Estratégico Nacional para la Construcción de Paz y la Reconciliación” o “revisar los programas con el criterio de construcción de paz y dar resultados evaluables.” Pero en ningún momento se molestan por definir qué tipo de institución sería el dichoso consejo, quién lo compondría, dónde estaría ubicado administrativamente, qué atribuciones legales y cuánto costaría. Y como esa, hay múltiples ideas que no pasan de simple enunciado.

4. A manera de introducción (pero no del todo, porque va después de la introducción formal), se incluye el discurso que pronunció el futuro secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, en la presentación del documento. Es la única sección medianamente organizada y la que, supondría uno, mejor refleja la visión del gobierno entrante. Pero aún allí se vuelve evidente que el equipo de transición quedó abrumado por el proceso, sin poder definir qué es lo que quieren hacer una vez que lleguen al gobierno. Por ejemplo, en materia de policías, en el tema que va a tener más claramente bajo su responsabilidad, Durazo dice lo siguiente: “Las policías y las Fuerzas Armadas tienen problemáticas diferentes, pero deben ser fortalecidas en su institucionalidad, en el reconocimiento y la dignidad, pero también en el fin de la corrupción e impunidad, para cumplir los papeles que deben de tener en brindar seguridad y paz.” ¿Qué significa eso en concreto? Ni idea.

En resumen, este documento sobre los foros de pacificación es como el proceso de transición mismo, al menos en materia de seguridad: desordenado, sin sentido estratégico, sin prioridades, mal gestionado, con prisas, con poca atención a los detalles.

Ojalá esto cambie una vez que el nuevo equipo esté instalado en el gobierno. Ojalá pongan orden en sus ideas y sus procesos.

Porque, para ser francos, no estamos para este nivel de desmadre.
 

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