Réquiem por la “señora de Pérez”

24/05/2018
04:43
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Hace algunas semanas escribí sobre el caso de unos estudiantes universitarios a los que les negaron la posibilidad de presentar un examen de titulación porque no iban vestidos apropiadamente. Mi texto causó polémica en varios sectores sociales, pero parece que el tiempo me dio la razón.

Este jueves el Congreso del Estado aprobó eliminar dos artículos del Código Civil que decían “que la mujer casada podrá agregar a su nombre de soltera y anteponiendo la preposición “de”, uno o dos apellidos de su marido”.

La legislación era muy clara: se trataba de una decisión opcional, pero en el pasado el 90% de las mujeres casadas se identificaban con el apellido de su marido. Sin embargo, actualmente el 90% de las mujeres casadas se presentan con sus apellidos.

Es decir, se trata de un protocolo en desuso, de una costumbre arcaica, que si ya no se utiliza debe desaparecer de la ley.

Artículo
Se aprobó por mayoría con 15 votos a favor, 3 abstenciones y 5 en contra, que se derogue el incluir la preposición “de” en el nombre de soltera de una mujer cuando contraiga matrimonio.
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Las mujeres usaban el “de” por  costumbre, porque obedecía al imaginario de familia y de sociedad aceptado en una época, no porque estuviera en la ley, pero si la concepción de pareja y familia cambió también la ley debe cambiar.

El asunto tiene que ver con el derecho de las mujeres a no ser consideradas una posesión en una relación. Al decir Patricia de Pérez se le consideraba una propiedad, un objeto capaz de poseerse, así como se es dueño de una lavadora, una plancha o una estufa.

Antes la imagen pública de la mujer estaba supeditada al hombre. Si era hija “de buena familia” se le consideraba como opción para matrimonio, y cuando se casaba se consideraba que valía por el prestigio de su marido, no por ella misma.

Hoy la imagen pública de la mujer ya nada tiene que ver con el apellido de la persona con quien está casada, o en pareja, sino con lo que ella haga y decida sobre su vida.

Al igual que el hombre, la mujer estudia y trabaja en lo que decide y se le considera apta para cualquier profesión o empleo, por lo que la percepción que se tiene de ella obedece exclusivamente a sus decisiones.

Conforme se avanza en la equidad, una serie de protocolos y convencionalismos de género están cayendo en desuso.

Las mujeres del siglo XXI quieren sobresalir por sus capacidades y dejar de ser vistas como muñequitas de aparador que sus maridos presumen ante otros, como se presume un jarrón muy costoso.

Recientemente escuché el comentario de una familia “moderna” que dice no tener repartidas las tareas del hogar por cuestiones de género. Y no me refiero a cocinar, porque esta es una actividad que realizan ambos sexos, sin problema. Me refiero a quién verifica una falla eléctrica o una fuga de agua en el hogar, me refiero a quién educa a los niños o quién se hace responsable de cuidar al bebé.

Las mujeres del siglo XXI que están en una relación no aspiran a cumplir el rol de muchas mujeres madres de familia del siglo XX, que salieron a trabajar por necesidad, pero que al llegar a casa seguían teniendo las mismas obligaciones que sus madres o abuelas. Lavar, planchar, hacer de comer, atender al marido y a los hijos.

No, las mujeres de este siglo aspiran, si tienen pareja, a contar con su respaldo para alcanzar cada uno sus objetivos profesionales y que al llegar a casa, como seres independientes venga la pregunta: ¿qué hay por hacer? Y sean capaces, sin roles de género, de dividirse de forma igualitaria las tareas del hogar.

Todo un reto, si se considera que muchos hombres siguen soñando con una esposa ama de casa. Todo un reto, cuando algunas de estas mujeres que aspiran a la equidad todavía esperan que su pareja las ayude a bajar el mandado cuando llegan a casa.

Pero el camino está marcado: las mujeres ya no son vistas como propiedad de alguien, son seres individuales, sujetos de derechos, y sobre esa base se construye ahora su imagen pública.

Lamentablemente el idioma español no ayuda mucho para definir una relación. Es tan simple como cuando decimos “mi cuerpo”. Una expresión tan errónea como decir Patricia de Pérez. No se puede decir “mi cuerpo”, porque no es un objeto extraño a mí, como cuando se dice: mi computadora.

Yo no tengo un cuerpo, yo soy cuerpo. Yo no tengo una esposa, yo estoy en una relación.

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Comunicador por profesión, periodista y contador de historias por convicción. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) y con especialidad en manejo de Recursos Humanos por la misma casa de estudios.

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