Santiago Tenango, Oaxaca

La tranquilidad se marca al ritmo de los martillazos que golpean trozos de madera para unirlos con filosos clavos una y otra vez. Así suena la vida en La Cieneguilla, una población perteneciente a Santiago Tenango, conocida como la cuna de los juguetes de madera, y cuya tradición resiste a pie de carretera.

La Cieneguilla es el hogar de Melquiades López Leyva, quien lleva  23 de sus 48 años dedicados a  la elaboración juguetes,  piezas que con su habilidad cobran vida en el taller armado con  láminas al frente de la vivienda que comparte con su esposa y cuatro hijos.

La elaboración de juguetes se inició en Santiago Tenango ante la necesidad de proveer la mesa de alimentos, y evitar la migración a los Estados Unidos y a  otras entidades del país. Fue aproximadamente en 1997 cuando   conocidos  de Asunción Nochixtlán le compartieron a Melquiades y a otros hombres de la comunidad la idea de elaborar juguetes de madera.

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Antes de dedicarse a esculpir la madera, Melquiades trabajaba en la albañilería como ayudante, pero el sueldo no le alcanzaba para sostener a su familia. Como no  terminó la escuela primaria y  nunca aprendió a leer y escribir bien, el  hombre  vio en los juguetes una oportunidad para salir adelante.

A la idea se sumaron unas 50 familias de Cieneguilla y otras poblaciones, como Carbonera y El Correo. Al igual que Melquiades, sus vecinos tenían escasos conocimientos en carpintería: sin embargo, estaban determinados a aprender el oficio y apropiárselo.

La llegada de este oficio se convirtió en una “tabla de salvación” para La Cieneguilla, pequeña comunidad de  216 habitantes, de los cuales 6% son analfabetas y 2.7%  son indígenas. Y donde el trabajo escasea, por lo que de la población mayor de 12 años menos de la mitad (45.3%) está ocupada, según el Instituto Nacional  de Estadística y Geografía (Inegi).

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La vida entre juguetes

A Melquiades le tomó aproximadamente cuatro años perfeccionar sus habilidades con las herramientas de carpintería. Con asombro de sí mismo, reconoce que actualmente puede elaborar un caballito de palo en 10 minutos, pero explica que otras piezas, como los camiones de redilas, le toman hasta un día entero.

Hace una década todo el trabajo era manual, lo que alargaba los procesos y alentaba la producción. Poco a poco, Melquiades fue mejorando sus herramientas y adquiriendo una cortadora eléctrica, compresora,  pistola de clavos y otros instrumentos que acortan el tiempo de trabajo.

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Pese a ello, confiesa  que no hay mejor forma de unir las piezas de un juguete que usando clavos rústicos y la fuerza de sus brazos para golpear con el martillo. Actualmente, el artesano  ha llegado a dominar el oficio a tal grado que  puede cortar decenas de piezas idénticas sin necesidad de usar moldes, para después armarlas y formar los juguetes.

Aunque reconoce que no hay uno favorito para los compradores,  en el taller se fabrican  más camiones que cualquier  otro tipo de juguete.

Con el paso de los años, los modelos de los camiones han ido evolucionando a la par de los reales, pues Melquiades, al igual que los  otros fabricantes, innova en los modelos que saca a la venta.

Pero estar al día con los modelos no es lo único que preocupa a estos hombres que viven de la madera.  A los jugueteros de la comunidad y pueblos vecinos les interesa  el entorno, por ello sus productos están elaborados con madera plagada o sobrantes de la tala regular, que se realiza semanalmente en el bosque que rodea las demarcaciones.

“Las ramas que se caen por viejas, o las que se desprenden cuando llueve o por el sol, son las que ocupamos para elaborar los juguetes. Las ramas se seleccionan y las que no sirven se ocupan como leña, para las cocinas o para calentar agua”, señala Melquiades.

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Incluso, el Comisariado de Bienes Comunales provee a los productores o a los vendedores de madera de algunos trozos que podrían ser útiles y que son vendidos a los talleres para la producción de carritos, camiones, tráileres, caballitos, entre otros objetos.

Sobrevivir a la modernidad 

En el   taller de Melquiades la jornada empieza a primera hora. Desde las calles aledañas se escucha el sonido de la cortadora y su taller es  reconocido, por  su labor, por los habitantes del lugar, pues sólo interrumpe su trabajo para ir a comer o a dormir.

Con el paso del tiempo los juguetes que nacen en los talleres de La Cieneguilla se convirtieron en la principal fuente de sustento de la comunidad. En el  taller de Melquiades, por ejemplo, a las labores también  se han sumado sus cuatro hijos y  su esposa. Son ellos  quienes se encargan desde el cortado de madera, hasta el pintado de los camiones, que se lleva a cabo en el patio de su vivienda.

Melquiades recuerda que hace años, antes de la construcción de la supercarretera Oaxaca-Cuacnopalan, los juguetes se vendían como artesanías a los viajeros que iban o venían de la capital, y que pasaban por estas comunidades.

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Con la construcción de la vía rápida, que no las  contempló en su trazo, estas  comunidades jugueteras quedaron escondidas detrás de los cerros y   las visitas de personas en tránsito cada vez fueron menos. Lo que siguió fueron bajas ventas que mermaron poco a poco la economía de los fabricantes.

Hasta ahora, asegura Melquiades, no se han implementado programas gubernamentales para impulsar la actividad.

Desde que quedaron aislados, el negocio de los juguetes tradicionales del artesano no va bien. Aunque, en ocasiones, festividades como  bodas y bautizos propician encargos especiales, las ventas, apunta el propietario del taller, han bajado considerablemente desde 2006, cuando por el movimiento magisterial disminuyeron las visitas de estados vecinos a la capital oaxaqueña.

Buscando oportunidades, las familias dedicadas a la elaboración de juguetes de madera instalan puestos de venta a la orilla de la supercarretera,  donde las piezas que elaboran  se exhiben lo mismo  sobre mesas improvisadas que directamente sobre piedras o las faldas del cerro. Sólo algunos, como Melquiades, han levantado  pequeños locales  de tablas.

En su  puesto, a orilla de carretera, ofrece los  juguetes   desde los  50 hasta los 900 pesos, señala que diciembre es de las mejores temporadas de venta. Algunos modelos especiales por encargo, como camiones al  tamaño  de  un niño, pueden costar hasta 3 mil pesos. La contraparte es que cuando llueve deben bajar los precios para no dejar de producir.

Aunque la comunidad lucha por vender sus productos, los fabricantes admiten que son cada vez menos los niños que piden  un juguete de madera para Navidad o Día de Reyes, pues prefieren  uno que use pilas o funcione de manera automática.

Eso se repite incluso en La Cienegilla y otros pueblos vecinos, pues dice que al conocer a los fabricantes, los niños  tienen acceso a los juguetes y no les toman el valor que requiere su elaboración.

Incluso, Melquiades explica que muchos compradores son adultos que los adquieren para ellos, por eso también fabrican otros juguetes tradicionales, como trompos y baleros. La nostalgia, dice el juguetero, es el único aliado para que el oficio no se extinga.

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