24 / junio / 2022 | 21:23 hrs.

Crónica de una ciudad en llamas

Montserrat Morales

En tiempos remotos, unas personas con muchos recursos decidieron deshacerse de una propiedad. Se trata de un predio de dimensiones enormes en mitad de la ciudad, en una zona residencial “normal”, “decente”. La casa fue destruida por completo, y personal contratado por los nuevos dueños y por algún que otro vago, terminaron de saquear tuberías, cobre, pisos, piedras, azulejos, tanques de gas, etc., es decir, todo lo que antes hacía habitable aquel lugar.

Con el paso de los años, ese espacio que antes era un vergel se ha convertido y mantenido en una zona abandona a su suerte, blanco de vandalismo, y un verdadero desperdicio patrimonial. Los vecinos somos testigos y recipientes de los rumores sobre lo que podría pasar con ese lugar, y que no termina de suceder.

El tiempo corre, y aquellas tierras que un día fueron mágicas se han mantenido en el olvido triste. De vez en cuando entra una persona o dos a ver qué más pueden llevarse, a darse la vuelta, a dormir un rato, quizá hasta hacer sus necesidades. ¡Sabrá Dios! Es tierra de nadie.

Desde hace poco, un galante vigía cuida las tierras antes encantadas. Bueno, no, es un señor que se pasa el día sentado en una silla de plástico al que le pagan por hacer justo eso: estar sentado en una silla de plástico disque cuidando el lugar (bonita forma de pasar los días y cobrar).

El pasado sábado al mediodía, quien suscribe salía y entraba del patio de la casa haciendo cosas del hogar. En la cocina alguien tenía algo en el horno, y pregunté: “Uy, huele a quemado”, pero no era en casa. En el siguiente acto, entra en la cocina otro miembro de la familia alzando la voz: “¡Fuego, fuego!”. Rápidamente nos asomamos al terreno protagonista de esta cutre narración, y en efecto, un árbol seco y algo a su alrededor ardían en llamas, altas y fuertes llamas que provocaron una enorme humareda y un montón de ceniza que voló por todas partes.

Totalmente alarmados por el riesgo que supone un terreno seco, lleno de césped seco y árboles secos, llamamos al 911… “Línea ocupada”. Otra vez: “Línea ocupada”. ¿Hombre, pues qué no tienen más teléfonos? Llamamos a los bomberos y se hizo el reporte. Llamamos a Protección Civil y confirmaron el reporte. Las llamaradas seguían, y todos los vecinos estábamos en alerta. Alguien se preguntará a estas alturas dónde estaba el vigilante. No estaba.

De pronto apareció un vecino caminando dentro de la propiedad. Es que el candado estaba roto. No había vigilante. Los bomberos no llegaban. Protección Civil no llegaba. Una hora después llegaron a apagar el fuego. Para entonces, el vigilante yacía cómodamente en su silla. Supongo que no tenía de qué preocuparse.

¿Por qué el 911 no atiende a la primera en caso de emergencia? ¿Por qué los bomberos se tardaron una hora en llegar? ¿Dónde estaba el vigilante antes de todo? ¿Quién prendió el fuego? Hay tantas incógnitas, tanta impotencia al pensar que estamos a la deriva en una ciudad completamente abandonada a su suerte. Si no te incendias, te inundas en las aguas residuales, o te quedas sin agua, o tu calle es intransitable o no tiene luz.

Ojalá esto fuera ficción.

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