En palabras del lector

Fue hasta que tenía aproximadamente 19 años cuando no podría decir si fue casualidad, coincidencia o el destino, lo que puso en mis manos el que fuera el libro que por vez primera despertó en mí una oleada de emociones.
04/12/2019
03:06
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En palabras del lector

Recuerdo, de niño, haber visto a mi papá siempre con un libro en sus manos, todo el tiempo. Recuerdo verlo desvelarse leyendo hasta muy noche en la sala o en el comedor, sentado en su silla con la mano en el cuello y la cabeza agachada, su mirada fija en el texto, absorto en el texto que tuviera enfrente, ya fuera un tomo de sus enciclopedias, alguna novela o incluso revistas sobre mecánica.

Fue él quien, a su manera, me enseñó a leer, me inculcó el respeto hacia los libros y sus autores, a cuidar de ellos por más sencillos que fueran, a ver en ellos algo más que papel y tinta. Me compraba pequeños libros infantiles que en realidad eran más dibujos que texto, con la idea de que por las tardes los leyera.

Sin embargo, pese a los no pocos y duros esfuerzos de mi papá por hacer de mí un lector, de niño y adolescente, yo aborrecía leer. En retrospectiva, me doy cuenta ahora que los paradigmas que regían mi comportamiento en ese entonces como resultado de la influencia del círculo de amigos que tenía, los programas de televisión y el ámbito familiar me hacían relacionar la lectura a una imagen de alguien aburrido, del clásico y satirizado personaje nerd.

Fue hasta que tenía aproximadamente 19 años cuando no podría decir si fue casualidad, coincidencia o el destino, lo que puso en mis manos el que fuera el libro que por vez primera despertó en mí una oleada de emociones, que me hizo vivir situaciones que me llevaron al llanto, la alegría, la impotencia; a tal punto que 14 años después de haberlo leído, aun extraño a sus personajes y su historia.

Sigo recordando la descripción de aquel palacio rosado en el que se desarrolla gran parte de la trama que relata “Stingo”. Lo leí en unas vacaciones de Semana Santa porque era de una biblioteca. El libro del que hablo es “La decisión de Sophie”, del escritor estadounidense William Styron. Desgraciadamente no he podido hacerme de una copia nuevamente, ya que al parecer está descatalogado. Me consuela creer que ahí reside la magia de su recuerdo, tal vez si lo volviese a leer algo en mí cambiaría la forma de verlo.

Así fue como una incipiente vida de lectura vio la luz en mí. Cada oportunidad que tenía los relatos de Sir Arthur Conan Doyle sobre las aventuras de Sherlock Holmes, viajaba a la luna de la mano de Julio Verne; con Patricio Sturlese reviví muchos de los métodos de tortura de la Edad Media, con Umberto Eco en el “Nombre de la rosa” me perdí en la inmensidad de un laberinto de libros, de referencias teológicas e históricas de crímenes y misterios (convirtiéndose éste en uno de mis libros preferidos). De esta manera, poco a poco me adentré en el placer de leer.

En ese entonces, me tomaba el vergonzoso lapso de un año leer la paupérrima cifra de dos libros completos. Incluso hubo años en los que dejaba libros incompletos y los retomaba mucho después, como el caso de la novela “El perfume” de Patrick Süskind.

A mediados del 2018, emocionalmente, pasaba por un mal momento: simplemente las cosas no iban bien en mi vida personal. En una ocasión me encontraba en casa en uno de esos días en los que uno cree que nada puede ir peor. No obstante, ocurrió un desperfecto con la instalación eléctrica con la resultante ausencia de corriente eléctrica y los subsecuentes resultados: una casa sin luz, sin internet, sin televisor, ni siquiera un radio.

Aburrido e inmerso en una sensación de fastidio, sin ninguna aparente diversión, me topé con una edición de “Drácula” de Bram Stoker, la cual me habían regalado en un cumpleaños y no había leído. Recuerdo haber empezado su lectura y cómo dejé de ver la situación de la luz como un problema. Estaba tan inmerso en la historia y la descripción de los lugares, que fui a comprar velas para iluminar la casa y poder así continuar leyendo por esa noche.

Dos días después, se solucionó el desperfecto, pero yo continué leyendo sin despegarme del libro. Al finalizarlo, sentí un gran vacío, me faltaba algo y fue así como corrí a buscar entre mis cosas un libro de Isabel Allende “La casa de los espíritus”, que recordaba tener guardado y que me habían regalado para pasar las noches en el hospital acompañando a mi mamá, pero como dice Michel Ende en la “Historia interminable”: ‘esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión’.

Sin embargo, para dar rienda a este gusto que vio su renacer en mí, yo enfrentaba un gran problema: no sabía de autores ni de títulos. Fue así, como recurrí a la persona que es mi admiración y mi referencia en el mundo de la literatura: mi gran amiga Montserrat Morales. Ella me recomendó en esa ocasión tres títulos “Diablo guardián” de Xavier Velasco, “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, y “Contra natura” de Álvaro Pombo.

Solo pude conseguir los primeros dos, pero esos libros se convirtieron en el iniciador de una pasión por leer. Esta pasión me llevó a terminar ese 2018 con un recuento de 13 libros, pero más allá de la cantidad que para mí es impensable, me quedo con las grandes experiencias que me han proporcionado los libros.

Actualmente, no sabría que hacer sin un libro a mi lado. Finalmente, descubrí lo que Carlos Ruiz Zafón dice en la “Sombra del viento”: “cada libro, cada tomo que vez tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y tuvieron y soñaron con él. Cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte”.

Así es como hoy me encuentro en el comedor con la mano en el pecho y la cabeza agachada leyendo un valioso regalo de cumpleaños: el tercer libro que faltaba de aquella recomendación que inició toda esta pasión.

Texto por Axel Iván López Pinal

 

Montserrat Morales: "la titular de este espacio semanal"

"Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Soy lectora, vinófila, ciclista y peregrina jacobea."

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