28 / noviembre / 2021 | 08:37 hrs.

Éxito indudable en Washington, pero ¿y la seguridad en México?

Salvador García Soto

Lo más urgente y lo que el presidente no quiere ver es la sangre y el miedo de los ciudadanos en amplias regiones del país

Ni duda cabe de que al presidente López Obrador le fue muy bien en sus primeras reuniones trilateral y bilaterales con Joe Biden y Justin Trudeau. Contra los pronósticos, que le anunciaban una visita tensa por temas como la reforma eléctrica o su respaldo al régimen de Cuba, el mandatario mexicano tuvo una visita redonda a Washington y logró posicionar no sólo sus temas y su agenda en la cumbre trilateral, sino que además obtuvo compromisos para un plan de ayuda a Centroamérica, con dinero de Estados Unidos y Canadá, apoyo canadiense para rehabilitar plantas hidroeléctricas en México y hasta un posicionamiento importante en cuanto a la necesidad de aumentar la competitividad y la integración económica y laboral de Norteamérica frente a la amenaza China.

Para sus críticos no hubo los “regaños” esperados y tuvieron que conformarse con una imagen, un sentado extraño del presidente en una silla de la Oficina Oval, que le valió memes y comentarios en las redes sociales, pero fuera de eso no encontraron más con qué cuestionarlo. Para sus seguidores y propagandistas, en cambio, el buen desempeño diplomático del presidente y los buenos oficios del canciller mexicano, Marcelo Ebrard, en la negociación y cabildeo de la Cumbre Trilateral de Jefes de Estado del T-MEC, que llevó varias semanas, ameritaron adjetivos y calificativos como “éxito total”, “un viaje sumamente positivo” y los más fanatizados hablaban del “estadista de talla mundial” en el que se ha convertido López Obrador.

En general, en el punto medio de los extremos de la polarización con que siempre se mide a este gobierno, hubo más o menos consenso sobre una visita productiva, un manejo adecuado y sobrio del presidente, que moderó el tono y el lenguaje y supo evitar, con diplomacia y oficio político, los temas colaterales que habían generado tensión y presiones políticas en vísperas del encuentro: las reformas energéticas y sus afectaciones a la inversión privada, sus apoyos a la Cuba de Díaz Canel y la abstención en Nicaragua. Nada de eso logró ensombrecer ni afectar el primer encuentro presencial que tenía López Obrador con Joe Biden y Justin Trudeau. Hasta ahí no hay duda de que al presidente le fue bien, más que bien en su tercer viaje internacional en lo que va de su mandato.

En donde la imagen de éxito en el exterior se descompone un poco es en el retorno del mandatario que volvió al país justo el viernes que terminaba una semana especialmente violenta en varias regiones del país. Las imágenes de cuerpos colgando en Zacatecas, un estado descompuesto por la violencia creciente del narcotráfico, sumados a las noticias de nuevos grupos armados de autodefensa en Michoacán y la práctica de levas del CJNG en ese estado para reclutar forzosamente a jovencitos y esclavizar sexualmente a mujeres adolescentes; ligado todo eso a la aparición de cuerpos desmembrados en las calles de Acapulco y el creciente fenómeno de desplazamientos en los Altos de Chiapas donde se reproducen también los guardias armados comunitarios financiados por el narcotráfico, dan cuenta de un país que, en varias de sus regiones, vive una violencia tan desbordada y descontrolada que raya en la ingobernabilidad y la ausencia de Estado.

Y dirán los que no quieren que se opaque el reciente éxito diplomático de López Obrador que son cosas distintas, que nada tiene que ver una cosa con otra y que hablar de la violencia que azota a varias entidades del país es no querer reconocerle al presidente sus logros en Washington. Pero fue el mismo tabasqueño el que, en su discurso de toma de posesión, el 1 de diciembre de 2018, proclamó que “la mejor política exterior es la política interior”, frase que no solo hablaba de su desdén y displicencia por los asuntos internacionales y diplomáticos, sino que también quería decir que, para poder presumir en el extranjero, primero había que tener bien gobernado al país.

Pues bien, por primera vez en tres años el presidente López Obrador, que ha renegado de la asistencia y representación de México en los foros internacionales, decidió salir al mundo y en menos de 15 días hizo dos visitas a los Estados Unidos, la primera para presidir el Consejo de Seguridad de la ONU y dar un discurso ante los países miembros, y la segunda el jueves pasado para asistir a la Casa Blanca al referido encuentro con Biden y Trudeau. En ambas salidas el presidente lució grandilocuente, hablando de cómo resolver problemas globales de pobreza e inestabilidad social, y proponiendo planes de ayuda para llevar crecimiento y empleo a Centroamérica para frenar la migración ilegal.

Ambos planteamientos del mandatario mexicano son tan loables y plausibles como difíciles de realizar. En el caso de su “Plan para la Fraternidad y el Bienestar” que México presentó ante la ONU es casi una utopía que difícilmente prosperará a pesar de sus buenas intenciones; y en cuanto al plan centroamericano, dar apoyos económicos a los habitantes de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, sin duda puede ser un aliciente y representar una opción para la pobreza y desempleo que sufre la región; pero ni con todos los millones de dólares de Estados Unidos y Canadá, en lo que dicen se llamaría “Sembrando Oportunidades”, se van a resolver todas las causas de la migración que también tienen que ver con lo político, con la violencia e inseguridad de pandillas y narcotráfico y con la existencia de dictaduras como la de Daniel Ortega, que obligan al exilio a sus disidentes.

Así que, aun deseando que los planes internacionales de López Obrador se concreten y que sus buenas intenciones lleven desarrollo y soluciones a la pobreza y marginación de otros pueblos, tal vez es momento de que el presidente mexicano deje de ver menos por el resto del mundo y más por los mexicanos que se están desangrando por la violencia del narcotráfico y la ausencia de un Estado que los proteja y les dé seguridad. Si la mejor política exterior es la interior, como dijo él mismo, entonces primero que resuelva la pobreza y la marginación que han crecido en México, según los datos del Coneval y del Inegi, aun con sus entregas directas de dinero a los sectores vulnerables. Pero lo más urgente y lo que el presidente no quiere ver mientras regresa al país desde el extranjero como un torero al que le lanzan flores, es la sangre, la indefensión y el miedo de los ciudadanos que sigue dominando amplias regiones del territorio nacional.