11 / agosto / 2022 | 19:16 hrs.

La Guardia Nacional: fuera máscaras

Alejandro Hope

Todo sirvió para recordar que el gobierno no la concibe como una institución de carácter civil, sino como extensión de las Fuerzas Armadas

El jueves pasado se celebró por todo lo alto el tercer aniversario de la creación de la Guardia Nacional (GN). Todo en el evento, desde la ubicación hasta el contenido de los discursos, sirvió para recordar que el gobierno no concibe a esa corporación como una institución policial de carácter civil, sino como una extensión de las Fuerzas Armadas. 

Empecemos con el entorno físico: la ceremonia tuvo lugar en el Heroico Colegio Militar, no en una instalación de la GN o de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC). Más claro ni el agua. 
Pero si alguien aún tenía dudas, bastaba con ver la lista de oradores. En un acto para celebrar a la GN, no habló un solo funcionario de la GN o de la SSPC. Solo tomaron la palabra el general Luis Cresencio Sandoval, secretario de la Defensa Nacional, y el presidente Andrés Manuel López Obrador. 

El general Luis Rodríguez Bucio, comandante de la GN, ni siquiera estaba presente en el acto (supuestamente por “cuestiones familiares”). La única mención a Rosa Icela Rodríguez, titular de la SSPC y jefa formal de la GN, fue un monumento a la condescendencia: el presidente refirió que su función era conducir “todas las reuniones cuando recibimos diariamente el reporte, el parte de lo que sucede en materia de seguridad en todo nuestro país”. 

Y luego está el contenido de los discursos. En el pronunciado por el general Sandoval se reconoce lo obvio, que la GN fue desde el principio un proyecto del estamento militar: “la Secretaría de la Defensa Nacional se dio a la tarea de analizar, investigar y conocer… cuerpos policiales similares alrededor del mundo, de los cuales 32 países cuentan con una Guardia Nacional o su equivalente y, de estos, 16 naciones tienen un origen militar en el modelo de su organización como son Francia, Italia, España, Argentina y Colombia, entre otros”. 

Por supuesto, el general secretario no aclaró que, por ejemplo, en Francia y España, el control de los cuerpos intermedios respectivos (Gendarmería y Guardia Civil, respectivamente) ha sido trasladado del ministerio de Defensa el ministerio del Interior (y que lo mismo ha planteado para Colombia el presidente electo Gustavo Petro), ni que en cuatro de los cinco ejemplos citados las corporaciones de origen militar operan en paralelo a policías nacionales plenamente civiles. Pero eso es lo de menos: lo importante es el reconocimiento de que la GN es criatura y extensión de la Sedena. Todo lo demás, incluyendo el acuerdo con los legisladores para establecer un mando civil, no fue más que una farsa. 

Pero ahora la simulación ya no basta y se pide lo que no se pudo lograr en 2019: el control formal pleno de la GN por la Sedena. Esta clara deriva militarista no debería preocuparnos, según el presidente López Obrador, ya que “el comandante supremo de las Fuerzas Armadas es el presidente de la República y de ahí dimanan las órdenes.” Pues sí, pero pues no. Eso omite el enorme grado de autogobierno que existe en las secretarías militares: de 1946 a la fecha, no ha habido un solo secretario de la Defensa Nacional que haya sido removido de su cargo antes de finalizar el sexenio para el que fue nombrado. 

Y si eso no lo convence, el presidente apela a su fe: “tenemos que tomar en cuenta el que, si no hay la orden de reprimir al pueblo, repito, no hay nada que temer. Y estoy convencido de que los gobiernos civiles en el futuro van a ser gentes sensibles, que cada vez van a profesar más amor a nuestro pueblo, más amor al prójimo”. 

Estamos entonces en esa: usted confíe, olvídese de contrapesos institucionales, y tenga por cierto que se nos viene mucho amor al prójimo. Engalanado con uniforme militar, eso sí. 


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