Yo sé que es de no creerse. Yo tampoco me lo creí en un principio. A ver: en 1866, y para ser reconocido como República, el Estado Mexicano depositó cinco millones de pesos en monedas de oro, que luego de 154 años y gracias a la reinversión exponencial de sus rendimientos, ha alcanzado la cantidad inconcebible de 822 billones de pesos. Dije billones. O sea, millones de millones. O sea, 822 millones de millones de pesos. O sea, el actual presupuesto 2020 de todo el gobierno federal de seis billones, durante los próximos 137 años. O si usted prefiere, el doble del presupuesto actual 68 años. O el triple durante 45 años. O sea, una transformación fantástica de la inversión, el desarrollo y el crecimiento. La utopía hecha realidad. La panacea materializada.

Aunque, para ser sinceros, ahorita solo podríamos disponer de los rendimientos que son 24 billones. Es decir, duplicar el presupuesto anual de la 4T. Porque para retirar capital se requeriría de un acuerdo de los 2,743 pueblos originarios del país, que serían los primeros beneficiarios de este fondo que, de tan abundante, está respaldado en grandes bancos del extranjero como el Bank of America o el Banco de Londres.

Y aquí, la otra parte fascinante de la historia. Y es que, según documentos de la época, los Pápagos, una tribu ancestral asentada en el norte de Sonora y sur de Arizona, son los depositarios de esta inmensa riqueza y el jefe de su tribu, Mauricio Montijo Lucero, es el Representante Común y Agente Liquidador del Fondo Mixto Privado de Patrimonio Autónomo, que es el nombre oficial de lo que yo he llamado el Tesoro Escondido de México.

Él, de por sí, es un personaje tan fascinante como su historia. Orgulloso de su raíz indígena sostiene que los Pápagos son la tribu más antigua de América y que su cráneo es diferente a todos los demás. Por lo pronto, de esa cabeza brota incesante un torrente de fechas, cifras y datos, así como claves bancarias y contraseñas de internet. Abruman sus argumentos de que su historia es real y además legítima. Y que con el apoyo de su pueblo ha viajado por todo el mundo haciendo gestiones para reintegrar esas cantidades monstruosas. Cuando le pregunto que si es verdad que estuvo en China saca de la bolsa y me regala un billete chino; así, que he de creerle.

Lo que no me fue grato fue bucear en una tonelada de documentos que me entregó para probar sus dichos, incluida una copia de un insólito pago al SAT por la espeluznante cantidad de 47,365,200,000 de pesos —los reto a que la lean— por concepto de impuesto acreditable pagado en el extranjero por “monto de inversión que retorna”.

Mauricio Montijo Lucero me muestra también cartas dirigidas al Banco de México, a Hacienda, a la Secretaría de la Función Pública y sobre todo a los presidentes Enrique Peña Nieto y al propio Andrés Manuel López Obrador, que hasta ahora no le han hecho caso: “Unos por rateros, porque se querían quedar con el dinero, y otros por pendejos, porque no saben qué hacer”.

El pasado jueves 30 de enero transmití una entrevista de una hora con Montijo. Hasta hoy nadie me ha desmentido ni me ha dicho que estoy loco. En cambio, creo que si desde el gobierno nos quieren imponer una historia tan mal contada como la del avión presidencial, prefiero quedarme con esta seductora del Tesoro Escondido de México.

Periodista. 

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