Primero fue AMLO, en México. Nadie lo sospechaba todavía, pero al ganar la presidencia en el 2018, con él iniciaba una lenta y poderosa ola rosa que iría avanzando por América Latina. 

Vendrían luego más victorias de la Nueva Izquierda. Alberto Fernández en Argentina, en 2019; Pedro Castillo en Perú, en 2021; Gabriel Boric y Gustavo Petro en Chile y Colombia, respectivamente, en 2022. 

Y si no sucede una catástrofe o un golpe militar, Lula da Silva volverá a ganar las elecciones presidenciales de Brasil, en octubre de este mismo 2022. 

No, no es un contagio ideológico. La ola rosa avanza por el agotamiento del neoliberalismo como propuesta para la región. 

La promesa neoliberal de multiplicar la riqueza está cumplida, pero la promesa complementaria de distribuir la riqueza no. Al contrario, una desigualdad abismal, profundizada en los tiempos de la pandemia, es la norma en los países latinoamericanos. 

Y la otra promesa distintiva del neoliberalismo, la de dar a cada individuo libertades plenas, también quedó incumplida. Raro fenómeno ante el cual Fiedrich Hayek se hubiera alarmado: en la región, el neoliberalismo se matrimonió con la Derecha cultural, que ha sido el gran obstáculo de las luchas de liberación de las mujeres, los gays y los grupos de piel morena. 

Los problemas de hoy no se solucionan con las ideas que los provocaron ayer. Eso han concluido los votantes latinoamericanos. En especial los jóvenes, que han asistido en números sin precedente a las urnas para votar por la Izquierda. 

Cierto, la Izquierda de hace cuarenta años tampoco trajo la jauja al sur del Río Bravo. Pero es lo que hay. Es el único proyecto alternativo al neoliberalismo que hoy existe. Y es además una Izquierda corregida. 

Una Nueva Izquierda que aprendió las lecciones de los fracasos económicos de las dictaduras de Izquierda. 

Ni Cuba ni Venezuela ni Nicaragua son referencia para los nuevos gobernantes, por más que de pronto algún presidente en ánimo nostálgico lance hasta esos países un saludo, más simbólico que de consecuencia. En contraste, se trata de líderes que se declaran de entrada democráticos e interesados en la prosperidad de la libre empresa local. 

Más que radicalmente distintos a los neoliberales, los nuevos gobiernos de Izquierda se consideran sus correctivos. No pretenden rehacer los tratados comerciales con Norteamérica o Europa. Ni pretenden trastornar el andamiaje interno de cada nación. La promesa es otra: es fortalecer los servicios de salud y educación gratuitos —y en algunos casos, re-estatizar otros servicios esenciales para la población, como la electricidad, la distribución de agua o el transporte público. 

Es decir, la promesa es caminar hacia un Estado de Bienestar, donde ningún habitante carezca de un piso mínimo para una vida digna. 

Y abrazan las causas de las mujeres y las minorías sexuales y raciales, no como una concesión a grupos ajenos, sino como causas propias. 

Boric declaró a su administración feminista en su primer discurso como presidente. Petro hizo otro tanto y eligió de vice presidenta a una mujer negra. Castillo juró que su prioridad serían los indígenas peruanos. Y Lula encarna el contrario exacto del fascismo de Bolsonaro.

Lo que dure esta ola rosa propulsada por la esperanza dependerá de dos factores. De la potencia de la Derecha local en su intento de minarle el camino. Y sobre todo, de la capacidad de cada gobierno de cumplir sus promesas. 

Hay que desearles buena fortuna. 

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