20/05/2020
03:40
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Llevamos más de dos meses desde que la mayor parte del país se paralizó por la pandemia del SARS-CoV-2, mundialmente llamado Covid-19, y más tiempo desde que esa palabra “coronavirus”, nueva para muchos, comenzó a sonar en los medios y redes sociales, hasta convertirse en parte del vocabulario, de la rutina y de nuestros temores.

Se ha visto cómo en algunos países de Europa, sobre todo en Italia y España, el confinamiento al que se sometieron los habitantes fue obligatorio, cuyo incumplimiento conllevaría a multas desde los seiscientos euros (más de $14,000.00, por si alguien quisiera espantarse). Esta medida sin duda ayudó a persuadir a la mayoría, pero de todas formas hubo quienes se la saltaron.

Como en México lo que se intentó implementar fue una muy mal llamada “Jornada de Sana Distancia”, que no era ni obligatoria, los resultados han sido por demás los esperados: pocos hemos cumplido, en la medida de lo posible, con las restricciones para salir de casa. Millones de negocios han cerrado (miles quebrado), escuelas, plazas, cines, restaurantes que han invertido tanto, ahora se ven en aprietos para salir vivos de la pandemia. Mientras tanto, muchos “listillos” siguieron saliendo a pasear por un elote, a saltarse el precinto de las plazas, etc., ya nos lo sabemos.

Así, somos testigos de esos otros contagios que ha traído el coronavirus. Vemos cómo en otras partes del mundo los vecinos se han unido para hacer más llevadero el confinamiento, como han surgido grupos de voluntarios para ayudar a la población de riesgo para tener lo indispensable, cómo se han abierto líneas telefónicas para que llame libremente quien tenga momentos de flaqueza. Hemos visto cómo mucha gente ha hecho mascarillas y caretas de su bolsillo y voluntad para regalarlas a quienes más las necesitan, cómo aplauden y homenajean a su personal sanitario. Estos son solo unos ejemplos de los antivirales emocionales y sociales que nos devuelven la humanidad.

Y claro, los otros “bichos” que siguen pululando en las ciudades: los paseantes sin medidas sanitarias, los abusivos que vendían alcohol al triple, mascarillas a $100.00, los que aprovecharon para hacer embustes por teléfono o por internet, los que siguen montando parrilladas cada fin de semana, los que salen a correr en grupo sin importar a los que sólo quieren dos metros de distancia un día a la semana porque el gimnasio y el parque siguen cerrados, los que agreden física y verbalmente a médicos y enfermeras.

Los humanos somos así de fáciles de contagiar, de lo bueno y de lo malo, y ante todo hay un dilema. Por un lado, ayudar al comercio local, y por el otro, generas cantidades idiotas de basura; pagas mucho dinero para que te lleven la cerveza a casa, pero no sales a cambiar despensas por artesanías, como muchos han tenido que hacer para llegar al final del día. Si ya vimos que no se nos cayó el “orito” por empacar nuestras propias compras, por hacer fila dejando un metro y medio de distancia, por no golpear a los demás en el supermercado; qué nos cuesta hacer cambios pequeños pero importantes y permanentes en nuestras vidas.

El colmo es que saldremos de casa un día, y esa “nueva realidad” de la que todos hablan será solo frente al miedo al virus, pero no será para ser mejores o cuidar al planeta, que ya vimos que le hace falta. Vamos a salir a darnos de topes por ser los mismos de siempre, picados por la pandemia del egoísmo.

"Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Soy lectora, vinófila, ciclista y peregrina jacobea."

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