Los lancheros de San Jerónimo, un diminuto pueblo veracruzano que bordea la parte este de la Laguna de Tamiahua, no están seguros de cómo llegó, ni por qué razón decidió quedarse, pero desde que llegó no dejan de aparecer turistas que quieren conocerla.

Ella se acerca a las embarcaciones para que la acaricien y juguetea con las personas que se atreven a nadar con ella.

Lucero es un delfín hembra nariz de botella, de aproximadamente 20 años de edad, que vive en esta laguna salada que está conectada con las aguas del Golfo de México, en el norte de Veracruz, muy cerca de la frontera con Tamaulipas.

Es posible que Lucero pertenezca a una población de delfines que se introdujo cerca de la boca sur de este cuerpo de agua en 1990 para realizar diversos estudios, dice Eduardo Morteo Ortiz, uno de los investigadores del laboratorio de mamíferos de la Universidad Veracruzana (UV).

Al acabar el proyecto de investigación no se supo más de los delfines.

Fue hasta el año de 2005 cuando recuperó la investigación la doctora Ibiza Martínez, también de la UV, que se descubrió que prácticamente todos los delfines habían desaparecido.

Es posible que los mamiferos se fueran por la escasez de comida, debido a que poco después de su llegada se creó un canal artificial que cambió el ecosistema del cuerpo de agua. El canal redujo la cantidad de peces, provocando que muchos animales que habitaban en la zona decidieran volver a mar abierto.

Francisco del Ángel Castro, residente de San Jerónimo, asegura que Lucero y su pareja llegaron a raíz de una fuerte inundación ocurrida a mediados de la década del 2000.

Lucero comenzó a interactuar con los pescadores después de ser liberada tras quedar enredada en un hilo de pesca. “Al principio no se dejaba (tocar), pero después accedió”, recuerda Del Ángel.

Inicialmente Lucero estaba acompañada, pero hace como 15 años su pareja, el delfín macho, murió enredado en una red de arrastre.

En esta especie de delfines es común que los machos sean solitarios, pero es raro que una hembra como Lucero, tras la pérdida de su compañero, haya decidido no socializar con otros delfines o buscar una nueva pareja, dice Morteo, el especialista de la UV.

Lucero nunca ha sido amaestrada, pero las caricias de la gente han provocado que ella interactúe cada vez más con los visitantes.

Cuando escucha el motor de una lancha, lo único que tienen que hacer los visitantes es golpear con sus manos la superficie del agua, y ella aparece.

Si alguien decide tirarse al agua y nadar, ella se aproxima aún más. De hecho, los lancheros dicen que la delfín se siente siempre mucho mejor cuando quienes están nadando son mujeres embarazadas o niños enfermos.

Según los lugareños, Lucero tenía alrededor de cuatro meses de edad cuando fue vista en la laguna por primera vez, pero los expertos dudan de esa afirmación. 

De acuerdo con Morteo, después de su nacimiento los delfines tardan hasta tres años en independizarse de su madre, que los amamanta durante sus primeros meses de vida hasta que aprenden a alimentarse por su cuenta.

Si Lucero y su pareja hubieran llegado a los cuatro meses de edad a la laguna, como dicen los habitantes de San Jerónimo, sus posibilidades de sobrevivir hubieran sido mínimas.

Del Ángel dijo que la bióloga que los apoya comentó que tenían suerte de que la delfín se quedará en la laguna, pues su hábitat natural es el mar abierto. Lucero ahora pesa alrededor de 160 kilogramos y mide dos metros veinte centímetros.

Los nariz de botella, en realidad, son la única especie a la que le gustan las zonas costeras poco profundas. Todas las demás prefieren quedarse en hábitats de más de 20 metros de profundidad, dice Morteo.

La académica de la UNAM, Aurora Ramos, mencionó que si no estuviera cómoda en el lugar se hubiera ido, pues la laguna está junto al mar y tiene la libertad de irse.

Lucero, la atracción turística

Hace años, cuando la pesca empezó a dejar poco ingreso en la laguna, Lucero aportaba una gran parte de las ganancias en las familias del pueblo, que se dedican a pasear en lancha a los turistas que querían conocerla.

Del Ángel recuerda que hace 15 años, cuando llegó el cetáceo, cada lancha – de las 10 que hay- hacía nueve recorridos al día sin importar la época del año. Hoy esa cifra a penas la alcanzan en Semana Santa.

La gente hoy llega mucho menos que antes a la laguna. Por fortuna, la pesca se ha recuperado.

Todos los días, cuando los pescadores van a la laguna, revisan que Lucero esté bien y se turnan para alimentarla, con peces que abundan en el lugar, entre ellos trucha y robalo.

Aurora Ramos dice que es muy probable que Lucero permanezca en la laguna, porque está habituada a obtener su alimento de la gente; en el mar abierto podría tener que viajar durante días para encontrar comida.

Raúl Rendón Torres, director de Turismo del municipio de Ozuluama, al que pertenece San Jerónimo, dice que en el próximo proyecto ecoturístico Lucero es uno de los atractivos principales para el municipio y espera poder darle más proyección.

Para el funcionario el mal estado de las carreteras evita que las personas acudan y espera que más adelante, el futuro gobernador de Veracruz, invierta en ellas y también, por medio del municipio, poner un transporte con el cual las personas se puedan trasladar desde la cabecera municipal hacia el pueblo de San Jerónimo y conocer a Lucero.

La esperanza de vida de un delfín saludable en la vida silvestre y con los cuidados adecuados es de unos 40 años; se calcula que Lucero tiene alrededor de 20 años.

Aunque para los expertos, los lugareños y los turistas no esté clara la información sobre su origen, cómo llegó y cómo se habituó al lugar, los habitantes la cuidan y se mantienen al tanto de su bienestar, mientras que Lucero espera que las personas vayan a visitarla.

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