01/07/2020
12:35
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Mientras que en Europa los casos de Covid-19 aumentaban minuto a minuto y la pandemia se les salía de las manos, América veía, con relativa calma, cómo sucedían los hechos.

Los primeros contagios en México se dieron a finales de febrero, y estábamos advertidos de lo que se nos venía encima, y lo vimos venir. A diferencia de Europa, a donde el virus llegó casi por sorpresa, los países del continente americano pudimos estar preparados, si no para evitarlo, al menos sí para prevenir lo más que se pudiera, y frenar los contagios para que la historia del viejo continente no se repitiera de este lado del Atlántico.

Pero no fue así. Se ubicaron los primeros contagios. Se implementó la muy mal llamada Jornada de Sana Distancia (que resultó ser el confinamiento europeo, pero en región 4), que básicamente era la cuarentena “voluntaria”, y si de voluntades hablamos, los latinos nos quedamos muy cortos, porque no nos caracterizamos precisamente por la obediencia de las normas o las sugerencias. O sea, que nos lo pasamos por el Arco del Triunfo.

Muchos sí pusieron de su parte (como lo he dicho en anteriores ocasiones). Pero hubo un sector de la sociedad que no, y que persiste, insiste y resiste (aunque eso último no por mucho tiempo). Y son todos los egoístas, envalentonados y faltos de empatía y respeto que siguen sin tomar las medidas mínimas de cuidado de la salud. Es que no entienden que no es su salud de la que hablamos, sino la nuestra, la de todos los demás.

Países como Italia y España sufrieron mucho los contagios porque afectaron a la población más vulnerable, les llegaron por todos lados y ni cuenta se dieron. Sus más de 50 000 muertos duelen mucho porque prácticamente no los pudieron evitar. Pero la mayoría de los 27 000 muertos mexicanos estaban alertados, y sin embargo, pasaron a ser parte de la triste estadística.

Recordemos que no estamos ni cerca de esos 27 000. El mismo López-Gatell ha dicho que las cifras oficiales no son correctas (¿quién se atrevería a creerlo en un país como este?). Así que multipliquemos por tres. Iremos alrededor de los 70 000 muertos, muchos de ellos registrados por “neumonía atípica”, y si mueren fuera de un hospital, tampoco se cuentan.

En México, los jóvenes son los más contados entre los fallecidos, no como en Europa, que eran adultos mayores. Fácil de explicar: la tonta creencia de que, por no ser población de riego, no les da. Así que son precisamente los que más se arriesgan y salen a la calle, en grupo, a restaurantes, a fiestas; son ellos los que más contagian y más mueren.

Se ha dicho hasta el cansancio que hay que usar productos desinfectantes, que hay que lavarse las manos, guardar distancia, usar cubrebocas o careta. Pero parece que todo eso les quita la dignidad, los denigra, los hace menos hombres o los hace parecer tontos. O no quieren usarlo o los usan mal. Está en sus manos (literalmente) salvar la vida. Si llegan a contagiarse y morir, será consecuencia de sus decisiones.

Lo mismo pasa en Estados Unidos, el país con más contagios y muertes en el mundo. Parece que los 129 000 cadáveres no les están pesando ni tantito, sobre todo a los bañistas, a los que apuestan en Las Vegas, a los que hace picnic en el parque.

En México y Estados Unidos la gente se muere porque quiere. Y a los demás les importa un rábano. Ya son tantos, que qué tanto es tantito más.

"Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Soy lectora, vinófila, ciclista y peregrina jacobea."

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