03/01/2019
12:03
-A +A

No creo en aquello de que en política no hay casualidades solo causalidades, porque es solo una buena frase, desde luego que existe la fatalidad. En mi opinión, en la caída del helicóptero en Coronango, Puebla, que llevó a la muerte a todos sus pasajeros y tripulantes, el azar —una falla mecánica, el colapso repentino del piloto, qué sé yo—, le hizo una jugarreta a la política.

En años recientes, las muertes de altos funcionarios en accidentes de aviación han sacudido y enturbiado la escena política: el gobernador de Colima, Gustavo Vázquez Montes, murió cuando apenas iniciaba su sexenio, en febrero de 2005; Ramón Martín Huerta, uno de los mejores hombres de Vicente Fox, falleció en septiembre de ese mismo año; Juan Camilo Mouriño, secretario de Gobernación y amigo entrañable del presidente Felipe Calderón, perdió la vida en noviembre de 2008; Francisco Blake, otro malogrado secretario de Gobernación, murió en noviembre de 2011. Sus muertes —en todos los casos se trató de accidentes— subrayan la absoluta fragilidad de los hombres del poder ante el destino.

Nieto del general Rafael Moreno Valle —médico con fama de duro, cercano a Gustavo Díaz Ordaz—, Rafael Moreno Valle Rosas ascendió en la política de manera vertiginosa. Político astuto, durante su gestión como gobernador fue tejiendo con diferentes fuerzas políticas las redes que le permitirían llegar al 2024 como la principal figura de una oposición desvencijada. Ya había logrado desplazar a Damián Zepeda como coordinador de la bancada panista en el Senado y los astros parecían alinearse a su favor.

Por su parte, Martha Érika Alonso, una mujer sensible e inteligente, se proponía mostrar que tenía con qué ser una gobernante eficaz, pero no la tenía fácil, el primer obstáculo estaba en casa.

El proceso electoral poblano se caracterizó por su rudeza y por un resultado anómalo: el PAN perdió en casi todos los frentes (la elección presidencial, las del Congreso y en la mayoría de la alcaldías), excepto en la gubernatura, lo que podía explicarse por el carisma de Martha Érika y los “negativos” de su principal oponente, Miguel Barbosa, de quien se recuerda su patética reconversión de crítico contumaz a aplaudidor de Andrés Manuel.

Las impugnaciones obligaron a los recuentos y, al final, llegaron hasta la sala superior del TEPJF, cuyo fallo (4 contra 3), confirmó el triunfo de Alonso, pero dejó lastimaduras serias en el propio Tribunal.

El presidente López Obrador se pronunció duramente sobre esa resolución (“no fue una elección limpia”, dijo) y anunció que no visitaría Puebla en los siguientes días. En un ambiente enrarecido, Martha Érika debió rendir su protesta en el Tribunal Superior de Justicia del estado y no ante el Congreso.

Durante las honras fúnebres se escucharon gritos de “asesinos” y de “justicia” que se hicieron eco de las sospechas que enturbian el escenario político.

El presidente envió en su representación a la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero; más tarde explicaría su ausencia debido a que una minoría “muy mezquina” había creado un ambiente adverso y llamó “neofascistas” a quienes postulan la tesis del atentado.

Para lo que sigue hace falta altura de miras, que el congreso elija como gobernador interino a un personaje respetable, panista o no, que llame a la unidad. La manera en que las fuerzas políticas en el congreso poblano resuelvan la elección del gobernador interino, favorecerá o enturbiará el escenario político.

En breve, los expertos internacionales darán a conocer sus conclusiones sobre el percance. Por desgracia, nada impide que aún sin razón, algunos perversos mantengan sus teorías conspiracionales.

Viví cuatro años en Puebla, de 1970 a 1974, años turbulentos de una dura confrontación entre la extrema derecha y la extrema izquierda, de asesinatos políticos y de fragilidad institucional: en esos cuatro años hubo cuatro gobernadores: Moreno Valle, quien no pudo concluir su mandato; Mario Mellado García; Gonzalo Bautista O’Farril y Guillermo Morales Blumenkron.

La sociedad poblana está, otra vez, muy polarizada, pero Puebla no merece el regreso a un pasado violento e iracundo, la falta absoluta de la gobernadora debe llevar a una reconciliación y a una reconducción en la gestión pública, una que con civilidad y eficacia atienda sus enormes carencias —a pesar del impactante desarrollo urbano de su área conurbada, Puebla sigue siendo uno de los estados más pobres del país— y lo inserte en el circuito de una modernidad incluyente, con desarrollo social.

Presidente de Grupo Consultor
Interdisciplinario. @alfonsozarate

Alfonso Zárate Flores, Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, GCI.

Comentarios