18 / octubre / 2021 | 00:08 hrs.

Virgilio

Ricardo Rocha

Fue una amistad sigilosa. De esas que se van forjando poco a poco a lo largo del tiempo. No me tocó, pero supe que fue niño prodigio de los medios, porque desde los 10 años conducía un programa de radio: “La legión de los madrugadores”. Luego lo recuerdo reporteando desde Notimex para mis primeros noticieros de medianoche. Seguro que todas esas experiencias lo forjaron para asumir una dificilísima especialidad periodística que fue la creación y dirección de medios públicos. En esa calidad, me invitó un café cuando ejerció como director de la Televisión Estatal en Oaxaca. Antes y después colaboró en su faceta de comunicador casi siempre en medios no comerciales como en su tiempo Canal 13 de Imevisión y TV UNAM. En todos esos trabajos Virgilio fue un alambrista sin red de protección, manteniendo un admirable equilibrio entre el origen intrínseco de su medio y su compromiso con la verdad para sus televidentes.

Virgilio fue también un hombre pródigo en dos vías. La de maestro de varias generaciones de periodistas, cuando ejerció de profesor impartiendo clases inolvidables lo mismo en la popularísima Universidad Autónoma Metropolitana que en la entrañable Escuela Carlos Septién García. Fue además un anfitrión sencillo pero generoso cada vez que nos convocaba en sus cumpleaños a su departamento atiborrado de amigos variopintos.

En paralelo, Virgilio Dante Caballero Pedraza se dio siempre tiempo para ejercer su oficio de reportero. Baste aquella memorable, larga y profunda entrevista con el Subcomandante Marcos en Chiapas. También por allá conversamos varias veces durante el alzamiento zapatista en el 94.

Pero cuando realmente se consolidaron la amistad y los ideales fueron los años que compartimos en nuestro programa de radio Encuentro. Éramos tres de base: el inolvidable Miguel Ángel Granados Chapa, Virgilio Caballero y yo; el cuarto fue rotativo y por ahí pasaron cuates tan respetables como Lorenzo Meyer, John Ackerman, José Antonio Crespo y Javier Solórzano. Era un formato elemental: cada quien traía uno o dos temas —coincidencias frecuentes— y tratábamos de desahogarlos en una hora de charla sabrosísima y muy crítica al gobierno a pesar de estar en un medio del Estado. Todo con el apoyo valiente y cariñoso de la gran Lidia Camacho; hasta que la nueva directora —de cuyo nombre no quiero acordarme— nos corrió de la manera más insólita posible. Nos mandó llamar a su oficina para decirnos que el programa debía terminar porque las radiales subterráneas de la antena —en un suburbio capitalino— estaban siendo afectadas por el indeseable paso de los pollos de los vecinos. Y resultó que —según ella— el único presupuesto disponible para poner una malla resistente era, casualmente, igual al costo de nuestro programa. Desde luego que nos divertimos preguntándole muy serios si la nueva malla era suficientemente alta para que los pollos no la sobrevolaran o de que si no había el peligro de que terminaran electrocutados. Al salir ya no nos aguantamos las carcajadas y nos fuimos a celebrar que nos habían corrido a causa de los pollos.

Así quiero recordarlo. No con el hilo de voz de los meses recientes. Sino con la risa estruendosa que —estoy plenamente seguro— vuelve a compartir con Miguel Ángel. 

Periodista. ddn_rocha@hotmail.com