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Universo de letras. Oro podrido, un relato inédito de Lola Ancira

La escritora queretana Lola Ancira presenta su texto inédito "Oro podrido", un relato del transcurso de la vida, los restos del pasado, y la soledad en exclusiva para EL UNIVERSAL San Luis Potosí
Foto: Leonardo Medina
05/08/2020
11:49
Redacción
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Oro podrido

Dadme mis huesos y los huesos de mis muertos y los pondré a florecer en la noche

José Carlos Becerra

Cada vez soy un poco más pequeño. Siento cómo mi columna se esfuerza por regresar a una posición horizontal para al fin descansar, pero sólo me encorvo cada vez más conforme pasa la tarde. Si no dejo de encoger, los recuerdos se volverán demasiado pesados y me resultará imposible respirar.

Guardo mis gritos resecos porque no hay quién escuche. Son contados los que vienen para llorarle a una porción de tierra marcada con una cruz de metal o madera en el cementerio, ese arenal de crucifijos oxidados o carcomidos, páramo ocre al que cuesta tanto volver, primero por desconsuelo y después por dejadez. A nadie le interesa ir a molestar a los muertos para otra cosa que no sea sanar su propio remordimiento, y eso ocurre sólo una o dos veces al año: el Día de Muertos o en el aniversario luctuoso.

Igual que animales necios, nos establecemos en lagos y desiertos, hacemos habitable lo inhóspito; reinamos en lo imposible para que después la tierra nos cobre caro el error. Y esas equivocaciones crean deudas que se deben saldar con tragedias. O con el abandono, que, para el caso, es otro tipo de tragedia.

Profanamos la Tierra, desgajamos sus entrañas y ella respondió de la misma manera. Después de algunas décadas todo acabó, y la atmósfera ardiente absorbió al pueblo entero. Quedan esqueletos de hierro sepultados y vestigios que atestiguan la batalla; restos lamentables del pasado. Insisto: fue obra de una maldición desatada por las incontables muertes que causó la pólvora fabricada con nuestro salitre del otro lado del océano, en Europa.

Algunas familias llegaron con críos, otros nacimos aquí. Crecí inhalando salitre y polvo, nutriéndome de sal y barro, ése con el que están hechas las paredes que parecen hablar aunque en realidad están repitiendo ecos, como lo hacen las cuevas: propagan los sonidos de las palabras que guardan desde siglos atrás.

Este escondrijo árido, visible a la distancia por sus largas chimeneas que ya no exhalan humo, provocó más desdichas que fortuna. Mi abuelo y mi padre, destinados a trabajar y vivir entre la miseria, horadaron el subsuelo, acarrearon miles de kilos de oro blanco y tocaron la riqueza de los caciques que nos confinaban a la penuria. Tras la muerte de ambos llegó la decadencia de la mina que albergaba el tesoro infecto.

Las cuevas subterráneas, infinitas, estaban saturadas de hombres bestia que sacaban el mineral producido en sus entrañas durante cientos de años. Por eso ellas les enfermaron la sangre y mancharon su piel, tiznaron sus cabellos. Los mineros heredaban a sus hijos las máculas que tenían por dentro y por fuera, y lo mismo sucedía con su inquina y sus ansias de amotinarse, resistirse. Necios buscando alimentar a los suyos.

Aquí, al norte de Chile, las personas iban y volvían. Así lo hicieron hasta que ya no hubo motivos para regresar. El desierto de Atacama triunfó, los desterró silenciosamente para quedarse sólo con las almas y los ecos.

Las pocas veces que he ido a Iquique escucho la misma pregunta; parece que esperan una respuesta diferente entre una visita y otra. No, no me asusta la soledad porque aquí no existe: de día están las sombras, y de noche, las voces.

Las tonalidades también huyeron de Humberstone. En las construcciones y en mi propio cuerpo solamente hay grietas, arena y desolación. Todo tiene el color del olvido y se ha preservado en la esterilidad del desierto. Mi piel asimiló los pigmentos del óxido, mis huesos igualaron lo corroído. Llevo lo árido por dentro y, por más que la pampa se ensañe conmigo, no me puedo alejar.

Mi vista es lo único que se conserva en buen estado. Reconozco cada sombra que no deja de divagar: entre los cuerpos que yacen desnudos y descarnados en alguno de los múltiples agujeros, buscan el que mejor les embone entre los dedos de los pies. A mí me ignoran porque me aferro a una tiniebla igual de pequeña que yo, aunque a veces se me escapa.

Cuando quedábamos tres habitantes, se me ocurrió hacer un huerto. En mi infancia, mi madre hacía almácigos con restos de comida a base de los escasos huesos de gallinas o conejos que cocinaba de vez en cuando. Sembraba hierbas medicinales que paliaban los dolores y hasta la tristeza, o eso decía la mujer con la que compartía la cama. Mi herencia fue apretujarme, como ella, entre tanto recuerdo y muerte.

Hace dos años encontré esta fosa común a cierta distancia del cementerio, un socavón en el que estoy atrapado junto a cientos de cadáveres de hombres bestia que protestaron en manada y fueron abatidos en la matanza de Iquique. En esta confusión de esqueletos fragmentados deben de estar mi abuelo y mi padre.

He encontrado unos despojos bellísimos que me apena destruir. Conservo alguna que otra pieza, las guardo en uno de los almacenes donde se logra colar el sol lo suficiente para mantenerlos felices. Porque a ellos también les gusta lo cálido. Es fácil prepararlos: hay que exhumarlos y dejarlos limpios a los rayos de luz durante una tarde entera. Después se deben triturar lo mejor posible. Para eso tengo mi olla de metal y un mazo chico. Se esparcen cerca de las raíces de las hortalizas y se riega la tierra.

Pero hay diferencias: el tamaño y la forma de los huesos cambian la acidez de los tomates, las cebollas y las berenjenas; los que crecen con huesos de niños o mujeres, son dulces, y los abonados con los de hombres y adultos mayores dan cosechas avinagradas.

Maldita sea la hora en que la escalera decidió romperse. Sabía que iba a suceder si cargaba demasiado la cubeta. Cuando refresque podré pensar mejor y esta maldita sed desaparecerá. De peores situaciones me he librado.

Ahora mismo, una sombra se agacha y se estira, tratando de alcanzarme. Pero ya no tengo fuerza ni para levantar la cabeza. Quizás ella logre bajar y tomar mi cuerpo, de tan encogido, en el hueco de una mano.

Sobre la autora

Lola Ancira. (Querétaro, 1987) es escritora y editora. Ha publicado ensayos, cuentos y reseñas literarias en diversos medios electrónicos e impresos. Es autora de Tusitala de óbitos (Pictographia Editorial, 2013) y El vals de los monstruos (FETA/Fondo Editorial de Querétaro, 2018). Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y actualmente lo es por segunda ocasión en el programa Jóvenes Creadores del Fonca.

 

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