Muchos rumores invadieron durante mucho tiempo sobre la vida del rey Enrique IV, algunos que involucraban sobre sus preferencias sexuales y que mantenía relaciones con algunos nobles.

Lo cierto es que su vida estuvo envuelta de desgracias, quizá por la crueldad de la época y las exigencias de la monarquía; fue un esclavo hasta teniendo el poder, pues nunca pudo embarazar a la reina y dar un heredero al trono.

Enrique IV era hijo primogénico del rey de Castilla Juan II y hermano de Isabel, quien luego sería “La Católica”.

Con apenas 5 años, su familia lo obligó a casarse para así, poder tener un hijo que heredara el trono.

Se decía que tal era la presión, que su esposa tuvo que decir en público que si no quedaba embarazada no era por culpa suya, sino por la de su marido, que la odiaba en los momentos íntimos y que sufría de disfunción eréctil.

Era tanta su desesperación por tener un hijo que acudió a todas las posibilidades: mandó a buscar cuernos de unicornio en África, bebió toda clase de brebajes y pócimas con supuestos efectos vigorizantes, peor sin ningún resultado.

Finalmente, el matrimonio fue declarado nulo porque nunca llegaron a acercarse a la fecundación en los tres primeros años de relación, que era el periodo mínimo exigido por la Iglesia: en mayo de 1453 un obispo aseguró que ese enlace no podía ser válido por culpa de un hechizo, de una “maldición sexual” que tristemente padecía Enrique.

Esta idea no era arbitraria: formaba parte de un plan del aún príncipe, que veía cercana la muerte de su padre y necesitaba buscarse otra esposa para procrear y decir que el hechizo había remitido.

Esta tesis fue avalada por una serie de prostitutas de Segovia que aseguraban haber tenido relaciones sexuales con el joven.

Al morir Juan II en 1454, Enrique fue proclamado rey de Castilla y se casó casi de inmediato con Juana de Portugal, inaugurando una monarquía estrepitosamente torpe y llena de conflictos. Parecía que el problema se había solucionado cuando la reina tuvo una hija, la pequeña Juana, pero enseguida la apodaron “la Beltraneja”: decían que era fruto de un adulterio de la consorte con Beltrán de la Cueva.

Este rumor se convirtió en un asunto de Estado. De ahí la Guerra de Sucesión castellana, que tomó dimensión internacional con la intervención de Francia y Portugal.

Los hermanos empezaron a pelear por un trono legítimo: Alfonso murió repentinamente y la princesa Isabel consiguió que su hermano la reconociera como heredera, en lugar de a su propia hija.

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