La mañana de este lunes, el aire frío apenas se siente entre el calor de las veladoras encendidas en la esquina donde la vida de , estudiante de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, fue arrancada el pasado 7 de noviembre.

El silencio inunda la calle y la facultad, ahí, el dolor se hace presente en las caras de los asistentes.

Jorge Davilá tenía un futuro prometedor, de acuerdo con su familia y compañeros. Foto: Humberto Torres
Jorge Davilá tenía un futuro prometedor, de acuerdo con su familia y compañeros. Foto: Humberto Torres

Sobre la acera donde cayó, tras recibir al menos dos balazos a quemarropa, sus compañeros colocan flores y veladoras, improvisando un altar que duele mirar.

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La cera derretida corre sobre el pavimento que aún tiene huellas de sangre, mientras deja un sentimiento de consternación. No hay discursos, solo suspiros, abrazos y lágrimas.

Jorge debía haber regresado a casa ese viernes, apuntaba a ser un día normal de clases, desde la mañana y parte de la tarde en las aulas y posteriormente en el Hospital Central, lugar en el que prestaba su servicio social hasta noche.

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Pero la violencia decidió interrumpirlo todo. Sujetos armados lo despojaron de su vehículo y, sin piedad, le dispararon.

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Su nombre se sumó a la larga lista de víctimas de la inseguridad que atraviesa San Luis Potosí, pero para sus compañeros no es un número más: era un amigo, un hijo, un estudiante alegre, siempre bromista, dispuesto a ayudar y uno de los más ejemplares a nivel académico que apuntaba a tener un futuro prometedor.

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“Lo conocimos y es triste (…) ahora solo queremos recordarlo como el chico alegre que era”, murmura una de sus compañeras, mientras acomoda una veladora en el lugar.

A su alrededor, la tristeza es compartida; cada estudiante parece cargar un pedazo del dolor colectivo.

Han pasado tres días y el sitio del crimen se ha convertido en un punto de encuentro y de memoria.

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Decenas de jóvenes llegan con veladoras, rezos y algunos con carteles que claman justicia. Los pasos se detienen, las miradas se cruzan y la indignación se mezcla con el miedo.

Los profesores también se han unido. La Facultad de Estomatología convocó a un memorial este lunes por la noche para recordar a Jorge “con alegría”, como el estudiante ejemplar que fue.

La comunidad universitaria, golpeada y cansada, no quiere que este crimen quede en el olvido. Decidieron que el próximo 15 de noviembre marcharán junto a otros estudiantes para exigir justicia y un alto a la violencia que cada vez se siente más cerca, incluso dentro de las aulas.

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Al retirarse, algunos apagan las velas, otros las dejan encendidas.

La esquina donde cayó el estudiante sigue siendo la misma, pero hoy tiene otro significado: se ha convertido en un símbolo de dolor, memoria y resistencia.

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