Para quienes participan en la caminata hacia San Juan, no se trata sólo de recorrer kilómetros, sino de vivir una experiencia profundamente espiritual.

Lucía Viramontes, integrante de una tradición familiar con más de medio siglo de historia, relató para que su motivación nace precisamente de la fe.

“Decidí participar por la fe que le tengo a la Virgen de San Juan y porque es una tradición que viene desde mi familia. Son 56 años de historia, y yo llevo 23 formando parte”.

Para ella, llegar al santuario es un momento difícil de describir, es una conexión indestructible: “Es algo que no se puede poner en palabras es la espera de todo un año para simplemente decir gracias”, relata.

La organización detrás de esta peregrinación también implica un gran esfuerzo, especialmente para quienes apoyan en la alimentación -rol que actualmente lleva en su familia-. Desde días o semanas antes, se planean los menús para cada jornada.

“Preparamos desde desayunos hasta cenas. En la mañana pueden ser chilaquiles con huevo, frijoles, queso… tratamos de darles lo que necesitan para seguir”.

Incluso teniendo extensas jornadas incluso de madrugada todo con tal de poder brindar alimentos a los que aún hacen el recorrido a pie.

Peregrinos apoyan con alimentos a quienes van en camino a San Juan. Foto: Cortesía Lucía Viramontes
Peregrinos apoyan con alimentos a quienes van en camino a San Juan. Foto: Cortesía Lucía Viramontes

“Nos levantamos alrededor de las 4:00 de la mañana para tener listo café, leche o lo que quieran antes de salir. Después de que parten, recogemos todo el campamento”, relató.

El trabajo continúa durante todo el día: desmontar casas de campaña, lavar utensilios, trasladarse al siguiente punto y preparar nuevamente alimentos, es la tarea que desempeña Viramontes.

“Cuando llegan, ya deben encontrar un lugar para descansar, sombra y comida lista. También estamos pendientes de cómo se sienten”.

En promedio, los peregrinos recorren entre 30 y 50 kilómetros diarios, dependiendo de las condiciones del grupo.

Según señalan, las dificultades no faltan, especialmente por las condiciones del clima o situaciones inesperadas.

“El viento, la lluvia a veces no te dejan ni cocinar. También es duro cuando hay accidentes o alguien se lastima en el camino”.

A nivel personal, uno de los retos más complejos ha sido continuar sin quienes iniciaron la tradición, pues en cada paso recuerda a los que ya no están en el plano terrenal, “Mi abuelita ya no está, y es muy difícil. Pero sabemos que siempre va con nosotros y que al final del día lo hacemos por que ella nos inculcó”.

A pesar de todo, el ambiente entre los peregrinos es uno de los aspectos más valiosos de la experiencia, pues Viramontes señala que la unión entre peregrinos se siente familiar, todos unidos por la miasma fe.

“Aquí no hay diferencias. Ves gente de todo tipo, algunos con muletas, otros con niños pero todos van con la misma fe…siempre hay alguien que te ofrece agua, comida o incluso masajes. Nunca falta una mano que te ayude”.

Lucía comparte que esta experiencia va más allá del esfuerzo físico, es una experiencia llena de fe que une a cientos de creyentes año con año, donde la unión se siente presente en cada paso.

“Es un ambiente de paz, de armonía ver tanta gente agradeciendo y apoyándose es algo muy bonito. Es una experiencia que te llena el corazón”.

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