Entre el sonido tenue de los tambores y el murmullo contenido de la multitud, hay pasos pequeños que llaman la atención no por su fuerza, sino por su significado.

Son los nazarenitos o monaguillos, niños que, con apenas tres años y hasta los 10 u 11, forman parte de la Procesión del Silencio y que, con su presencia, aportan una de las imágenes más conmovedoras de esta tradición.

Ataviados con túnicas similares a las de los cofrades, estos pequeños participantes recorren las calles del Centro Histórico sin portar el característico capirote o cono en la cabeza, lo que permite ver sus rostros, algunos serios, otros curiosos, pero todos concentrados en cumplir con el recorrido.

No en todas las cofradías hay presencia infantil; su participación depende de la organización interna de cada grupo.

Sin embargo, en la mayoría de ellas, los nazarenitos ya forman parte esencial del contingente, sumándose a una tradición que se hereda y se vive desde temprana edad.

A diferencia de los adultos, los objetos que portan están pensados para su resistencia física.

Algunos llevan pequeños faroles con velas, otros cargan cruces de madera de menor tamaño, veladoras o simplemente un rosario entre las manos, lo suficiente para integrarse sin que el peso les impida completar el trayecto.

El calzado también es parte del simbolismo: huaraches de cuero que, al igual que los de los adultos, acompañan cada paso sobre el adoquín.

No hay distinción de género; niños y niñas participan por igual, unidos por la misma intención.

Detrás de cada nazarenito hay una historia

En un recorrido realizado para conocer las razones de su participación, se pudo constatar que la mayoría forma parte de familias que ya están involucradas en la procesión.

Hijos de cofrades, de madres devotas o de ambos, siguen el ejemplo que ven en casa, incorporándose como una extensión natural de la tradición familiar.

Otros, en menor proporción, decidieron participar luego de haber observado la procesión en años anteriores, sentados entre el público.

Este año, motivados por lo que vieron, cambiaron la butaca por el recorrido.

También, hay quienes lo hacen como una forma de pedir por su salud o la de algún ser querido, entendiendo, a su manera, el sentido de la fe.

A pesar de su corta edad, los nazarenitos no están exentos de la disciplina que implica formar parte de la procesión.

Meses antes del Viernes Santo participan en ensayos, se les revisa la vestimenta y se preparan para cumplir con la misma jornada que los adultos, conscientes del compromiso que han asumido desde el momento en que se integran a una cofradía.

El trayecto no es corto, ni sencillo

Sin embargo, ahí están: avanzando con paso firme a su ritmo, sosteniendo su farol o su cruz, acompañados de miradas que mezclan admiración y ternura.

En medio del silencio que caracteriza esta procesión, la presencia de los nazarenitos habla por sí sola.

Son el reflejo de una tradición viva, de una fe que se transmite de generación en generación y que, en los pasos más pequeños, encuentra una de sus expresiones más profundas.

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