Sin duda alguna, la Procesión del Silencio es una de las manifestaciones más profundas de fe y tradición en San Luis Potosí. Cada año, sus calles se llenan de recogimiento, de pasos acompasados y miradas que hablan en silencio.
No sólo participan quienes avanzan en el recorrido; también lo hacen, desde la discreción y el compromiso, quienes dedican su tiempo y esfuerzo a preservar cada detalle que da vida a esta celebración.
En este contexto, la restauración de imágenes religiosas adquiere un significado que va más allá del oficio: es un acto de amor, fe y memoria.
Es por ello que en el corazón de la ciudad, manos expertas trabajan con paciencia y devoción para devolver el esplendor a piezas que han acompañado generaciones enteras.
Así lo manifiesta Beatriz Hernández a EL UNIVERSAL San Luis Potosí, pues menciona que heredera de una tradición familiar que, más que un legado, es una vocación arraigada en el tiempo.
Su historia, según relata, se remonta a más de un siglo, explicando que es reflejo de una pasión transmitida de generación en generación, donde cada imagen restaurada no sólo recupera su belleza, sino también conecta con su espíritu y su historia.
“Mi papá, mi abuelo, bisabuelo y hasta el tatarabuelo hacia esto… venimos de una familia de imagineros desde hace más de 100 años o más”, relata.
Desde pequeña, creció rodeada de esculturas, herramientas y procesos de creación. “Nacimos con esto, crecimos con esto y prácticamente toda nuestra vida estuvo en talleres ”, afirma.
Aunque cuenta con formación profesional, su vida ha estado siempre ligada al arte sacro, al que se ha dedicado de lleno durante los últimos 18 años.
El legado familiar también ha dejado una huella profunda en algunas de las imágenes más representativas de la Procesión del Silencio.
Año con año, Beatriz Hernández dedica su tiempo, paciencia y sensibilidad a la restauración de cristos y vírgenes, preparándolos para volver a recorrer las calles en esta magna celebración.
Un arte minucioso que busca no alterar la esencia
La restauración de imágenes religiosas implica un proceso detallado y altamente especializado. Beatriz explica que el objetivo principal es conservar la pieza sin modificar su apariencia original.
“Se trata de no alterar la esencia, de que no se note la intervención, que mantenga toda esa esencia de muchos años ”, señala que para ello, cada paso requiere precisión: desde consolidar grietas hasta igualar tonos de pintura o detalles mínimos como gotas de sangre en la policromía.
Los trabajos pueden tomar semanas, especialmente cuando las piezas presentan daños estructurales por el paso del tiempo, la humedad o la polilla.
Además, destaca que uno de los mayores retos es corregir intervenciones previas mal realizadas, donde materiales inadecuados terminan por deteriorar aún más las imágenes.
Restaurar también es un acto de fe y devoción
Más allá de la técnica, Beatriz describe su labor como una experiencia profundamente espiritual. Asegura que trabajar con estas imágenes exige respeto, concentración y, en muchos casos, una conexión que resulta difícil explicar en palabras.
“Hay que pedirles permiso para trabajarlas, si no, no se dejan, tienes que incluso sentir esa conexión si no es hasta difícil trabajar con las piezas… es difícil de explicar”, comenta entre risas.
Relata que, en ocasiones, las piezas parecen transformarse: hay días en que se sienten más pesadas y otros en los que, inexplicablemente, se vuelven ligeras.
Para ella, no es sólo una percepción física, sino una manifestación de algo más profundo. “Es como si, después de pedir permiso o incluso platicar con las imágenes se volvieran más ligeras, como si té dieran permiso o incluso como si te dieran su bendición… es una bendición por eso los tratas con respeto, te enfocas, meditas en la imagen y pues te brindan salud, te brindan trabajo, te brindan todo”, señala.
Según explica, este fenómeno está estrechamente ligado a la fe que las personas depositan en ellas. Con el paso de los años, al ser testigos de innumerables oraciones, promesas y muestras de devoción, las imágenes han logrado “concentrar” toda esa carga espiritual.
“Se alimentan de la oración, de la fe de la gente; eso es lo que transmiten”, añade, convencida de que cada imagen guarda la devoción de quienes la veneran.
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Esa misma energía, asegura, se percibe en su taller. No son pocos los visitantes que, al entrar, expresan una sensación de calma difícil de ignorar. “Mucha gente llega y dice ‘se siente paz aquí’, y es por las imágenes, por lo que representan”, comparte.
A lo largo de los años, también ha sido testigo de momentos que escapan a toda explicación lógica. Recuerda, por ejemplo, una imagen que, tras ser restaurada, parecía haber cambiado sutilmente su expresión antes de ser entregada.
“Son cosas que no te explicas… la gente dice que es como un agradecimiento de la imagen porque cambia el semblante de la misma después de que la intervenimos… de verdad que la virgen parece que te agradece o que se siente feliz de ser restaurada”, comenta.
Beatriz reconoce que estas experiencias refuerzan el profundo respeto con el que realiza su trabajo, entendiendo cada pieza no solo como un objeto, sino como un símbolo cargado de significado.
Durante la Semana Santa, especialmente en celebraciones como la Procesión del Silencio, afirma que la atmósfera se transforma por completo. “Sí se siente es como si estuvieras acompañando el luto de la Virgen”, describe con emoción.
Para ella, las imágenes no sólo representan figuras religiosas, sino que encarnan emociones colectivas que se intensifican en estos días, envolviendo a toda la ciudad en una experiencia de fe, memoria y profunda sensibilidad que acompaña el luto de la virgen.
Una vocación para toda la vida
Para Beatriz, este oficio no es sólo una profesión, sino una forma de vida que la acompaña y le da sentido a sus días.
Con convicción, asegura que seguirá dedicándose a ello mientras le sea posible: “Mientras Dios me permita, la vista y las manos, seguiré trabajando”.
En cada pieza restaurada no sólo devuelve la belleza a una imagen, también resguarda una tradición familiar y contribuye a preservar una parte esencial del patrimonio cultural y religioso de San Luis Potosí.
Con emoción, también comparte que, después de tantos años trabajando con imágenes religiosas, siente que su vida ha estado marcada por la bendición.
Cree que esa misma gracia le permitirá seguir muchos años más haciendo lo que ama. Entre risas y nostalgia, recuerda a su padre, quien le heredó no solo el oficio, sino también la pasión por nunca dejarlo.
Cuenta que él trabajó hasta el último día de su vida, fiel a lo que siempre quiso: mantenerse activo, con las manos y la vista al servicio de su vocación. Incluso, relata, ese mismo día acudió al taller antes de partir, y se fue en paz.
“Yo creo que después de todos estos trabajos sí estamos bendecidos. Mi papá… yo creo que lo último que quería en esta vida era envejecer y que sus manos o su vista ya no le funcionaran, porque él siempre quiso seguir trabajando. Así fue hasta el último de sus días, incluso el último día con vida todavía vino a trabajar. Él se fue en paz… la verdad es que no te explicas todo esto, y yo sí siento que estamos bendecidos”, comparte.
Sus palabras no sólo hablan de fe, sino de una vida entera entregada al oficio, al legado y a una devoción que trasciende generaciones.
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