Mientras el clima extremo golpea regiones enteras, la discusión pública continúa orbitando alrededor de seguir quemando lo de siempre. Por anacrónico que se escuche, desde los Estados Unidos se retomó el impulso a una fuente de energía que ya muchos consideraban obsoleta: el carbón. En un acto en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump comunicó emocionado que había salvado a 74 centrales eléctricas de carbón.

Evitó los cierres y les retiró las restricciones. De hecho, firmó una orden ejecutiva para que el Departamento de Defensa le de prioridad a la electricidad generada de esa manera. Argumentó que es una fuente estratégica y confiable para fortalecer la seguridad nacional.

El retroceso en términos de protección medioambiental es inmenso. Se trata de una decisión que pasa por alto una importante determinación científica que durante 16 años sostuvo el marco para regular las emisiones que calientan el planeta.

Desde 2009 se estableció que el dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, generados por la quema de carbón, petróleo y gas, ponen en peligro la salud y el bienestar públicos. Esa determinación se volvió la base legal para normas dirigidas a emisiones de vehículos, instalaciones de petróleo y gas, grandes industrias y centrales eléctricas; incluso abrió la puerta a regulaciones para ciertas emisiones de aeronaves.

Su revocación, tal como se anunció, no solo elimina las normas de emisiones de gases, también deja en el aire si la desregulación se expandirá a fuentes estacionarias como centrales eléctricas e instalaciones de petróleo y gas. Así que esto que en el discurso político se presenta como un plausible acto de desregulación, en la práctica podría traducirse en confusión, costos y litigios.

Pero lo más delicado es lo que implica en términos de contaminación. Negar a estas alturas lo nocivas que son las emisiones de combustibles fósiles parece demencial. Con las cifras que hay en torno al número de muertes que el aumento de la temperatura global ha generado, es además criminal.

Según un estudio de 2021 publicado en Nature Climate Change, luego de hacer un análisis profundo que involucró a más de 43 países, se concluyó que más de un tercio de las muertes por calor se atribuyen al cambio climático provocado por el ser humano. ¡Son más de 9,700 muertes al año!

Mientras vemos cómo desde los Estados Unidos se desarma el paraguas climático, en la Ciudad de México nos quedamos este fin de semana sin actividades al aire libre por una contingencia ambiental que nos sofoca en pleno invierno. Y es que las emisiones contaminantes no tienen frontera. Decisiones así, independientemente de donde se generen, nos afectan a todos. No es cuestión de ideología, es de sobrevivencia.

@PaolaRojas

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