20 / mayo / 2022 | 18:11 hrs.

Díganme si estoy mintiendo, último sumario del escritor Eduardo López Cruz

Su última publicación describe la historia de lo inmediato en la entidad entre los finales del siglo XIX y finales del siglo XX consignados en investigación periodística del también autor de Por debajo del agua.

FOTO: Archivo. El Universal San Luis Potosí.
Sociedad 20/01/2018 03:15 Fernando Carmona San Luis Potosí, SLP. Actualizada 12:57

Historias con dramatismo o comicidad

López Cruz comenta que una de sus motivaciones para recuperar pequeñas grandes historias de nuestro pueblo que van formando identidad “y en donde he sido crítico y hasta latoso de la historia oficial que nos levanta la canasta, que nos hace sentir a la sociedad en general como que no tenemos un valor especifico, porque las grandes historias las hacen lo políticos, los sacerdotes y es lo que queda plasmado en libros que regularmente de pasajes e historias de los siglos XVIII y XIX, el siglo XX está totalmente olvidado, no hay nada o muy poco”, asegura.

La entrevista se realiza en un restaurante del tradicional barrio de Tequisquiapan; el escritor relata que ahí, fue la primera vez que se festejó el 10 de mayo de 1924, para conmemorar el día de la madre.

Había una costumbre muy peculiar que se perdió; quien acabada de dar a luz, donde se sabía que había una nueva madre, se colocaba una rama para significar el cariño y el respeto de la dadora de vida, y la enramada maternal gradualmente se fue perdiendo.

El promotor del festejo, en al año 1922, Rafael Alducin, periodista y fundador del diario metropolitano Excélsior y que murió muy joven. Además hay que decirlo, expresa el entrevistado, “el homenaje a las madres es una costumbre gringa, la copiamos por la tradición de replicar lo que hacen nuestros primos en Estados Unidos.

Aquí en la capital, Gabriel Macías, en aquella época el director del periódico Acción, que tiempo después se convirtió en el rotativo El Heraldo, sigue con la propuesta para que en el barrio de Tequis se festeje de manera muy modesta en un templo que obstruía lo que es hoy la avenida Carranza”.

En 1948, los hermanos Viagi –tradicionales marmoleros italianos- donaron la estatua a la madre que se encuentra en el centro del jardín de Tequisquiapan y que fue promocionada por el Club de Leones; “en la capital hay muy poca madre en este renglón de estatuas, un monumento al padre en la plaza de El Carmen y otro dedicado a la familia en el sector de las lomas”, expresa con puntilla Calek.

Un homicidio en los años 40’s que termina en episodio triste. Un comerciante de origen Judío – León Soob - con varios giros comerciales, distribuía un mezcal de nombre San Martín, vendía muebles y era abarrotero; el homicidio fue a todas luces alevoso, lo matan por un lio de faldas y el asesino de apellido Pérez Romo, propietario de una perfumería queda libre con la autorización del gobierno.

Lo sacan en hombros de la penitenciaria y queda consignado que por encima de la ley los criminales quedan libres sin juicios, se lee en diarios de aquellos años, una selectividad en caso de los extranjeros, apunta el escritor.

Los Encueradores

En agosto de 1947, aparece en los alrededores de la Alameda una peculiar peligrosa banda de criminales que el rotativo El Sol de San Luis los bautiza como Los Encueradores. Asaltaban a los ferrocarrileros y obreros de la empresa España Industrial; esa particularidad de los asaltantes, no obstante de hurtar el dinero de sus víctimas, les quitaban los calzoncillos dejándolos desnudos a su suerte. Enfatiza el escritor que no hay antecedentes, afortunadamente, de ataques a mujeres.

“Había caos y zozobra que originó que en esa zona, era un calvario para los trabajadores cruzar el barrio Montecillo y cruzar la Alameda central. Nunca se supo quienes fueron y extrañamente no los atraparon quedando en la memoria colectiva la peligrosa banda de los Encueradores, que quien sabe que mañas tendrían, porque una cosa es robar y otra quitar hasta los chones, eran medio morbosones”. Anécdotas que quedaron palpadas en fuentes periodísticas de la localidad.

Gitanas Tenían que Ser

Una historia picaresca que concentra en su nuevo libro, Eduardo López Cruz es referente a una publicación que el diario Acción publicó en 1924, cuando alerta a la gente sobre una oleada de gitanos, húngaros y checoslovacos que arriban a la ciudad, a pesar de que no estaba muy claro de donde provenían.

Lo que síestaba firme era en torno a los mitos de esos personajes que tiene el estigma de cleptómanos, roba chicos y pícaros timadores que adivinan la suerte.

La autoridad municipal les advierte a dos grupos identificados, que pueden permanecer en la ciudad temporalmente, con la condición que no adivinen la suerte ni abusen de la ingenuidad de los potosinos. Cumplieron con el compromiso pocos días para después romperlo, y las mujeres se desplazan a diversos puntos populares, como la explanada Alhóndiga leyendo la suerte a incautos.

Uno de esos grupos o familias como se hacían llamar, se sintieron defraudados por el otro conjunto reclamando su derecho de leer la mano, “y miren quienes se sienten defraudados” ironiza el investigador.

Inician una gresca entre ellas mismas y en el altercado las defienden sus respectivos hombres. Era tal la disputa, que un policía dispara al aire para dispersarlos; llevan a prisión a los rijosos en lo que se conoce aún como El Charco Verde, inaugurado en 1920.

Negocian después en el palacio municipal para que paguen la multa y en la plaza de armas, las gitanas se valen de artimañas para leer la suerte y liquidar la sanción municipal para liberar a sus hombres.

El Lapicero maldito de Rasputín

El gobierno ruso, como una prueba de afecto al gobierno de México que encabezaba Lázaro Cárdenas del Río, un mandatario que hay que recordar – rememora López Cruz- era un presidente comunista del México moderno después de la revolución, obsequió una pluma que utilizó el místico monje ruso Valentín Grigori Rasputín, que al paso de los años la obtuvo el periodista José Federico López, uno de los fundadores de El Sol de San Luis.

Según una fuente consultada por el entrevistado, el lapicero tiene una maldición y que por supuesto –dice- hay que tomarlo con cierta reserva, y curiosamente cuando el periodista y columnista Juan José Rodríguez Medina, coleccionista de plumas quiso tener en propiedad ese artículo, sufrió de un leve infarto.

“Por alguna u otra razón la pluma trae sus malas vibras con todo ese hálito de leyenda y maldición. Presumiblemente un ciudadano de apellido Moctezuma que reside en la colonia Himno Nacional es quien actualmente tiene en su poder la maléfica pluma. Después lo contactaremos para que nos cuente o nos muestre ese artículo que fue de Rasputín, a ver si no nos cae la maldición jarocha o nos mande una fotografía”, despide el consultado.

vkc

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