El primer amanecer del año no trajo solo propósitos renovados. Este 1 de enero, calles, avenidas y plazas de la ciudad lucieron tapizadas de residuos de : envolturas de cohetes, tubos de cartón chamuscados, mechas y cenizas que, horas después de la celebración, seguían recordando la intensidad de la noche anterior.

Desde las primeras horas del día, era posible observar una ligera neblina grisácea suspendida en el ambiente. No era niebla matinal, sino el remanente del humo provocado por la quema masiva de fuegos artificiales durante la madrugada del 31 de diciembre.

En algunas colonias, el olor a pólvora persistía, mezclándose con el aire frío del inicio de año.

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Banquetas y camellones amanecieron cubiertos de pequeños fragmentos de papel y plástico, residuos que, además de afectar la imagen urbana, representan un riesgo ambiental.

¿Qué pasa con estos desechos?

Estos desechos, al ser arrastrados por el viento o por el agua, terminan en coladeras, ríos o áreas verdes, contribuyendo a la contaminación del suelo y de los cuerpos de agua.

Pirotecnia en las calles en la ciudad de SLP. Foto: Jazmín Ramírez
Pirotecnia en las calles en la ciudad de SLP. Foto: Jazmín Ramírez

Especialistas en medio ambiente han advertido en diversas ocasiones que la pirotecnia libera partículas contaminantes que deterioran la calidad del aire.

Más allá del impacto inmediato, la escena invita a una reflexión colectiva. Cada envoltura de cohete tirada en el pavimento es el rastro de una celebración efímera, pero también el recordatorio de un problema persistente: la normalización de prácticas festivas que generan altos niveles de contaminación.

Entre cenizas y pólvora, las calles hablaron claro: la fiesta terminó, pero sus consecuencias permanecen. La reflexión ambiental, como los propósitos de año nuevo, está sobre la mesa.

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