Durante mucho tiempo el 8 de marzo, , fue para mí un tema que conocía bien... Conocía las cifras, los datos, los reportes que cada año se repiten: violencia, feminicidios, desigualdad, brechas laborales.

Como reportera, escribir sobre ello ha sido parte del trabajo. Como mujer es algo que nunca deja de asustar.

Sin embargo, por una cosa o por otra, nunca había asistido a una marcha del 8M.

Este año fue la primera vez.

Llegué con la mirada profesional: celular en mano, observando detalles, tratando de identificar historias que pudieran convertirse en una buena crónica o en un titular fuerte.

Pero conforme pasaban los minutos, el trabajo empezó a mezclarse con algo más profundo.

Frente a mí no había sólo una manifestación; había miles de mujeres caminando juntas por una misma causa.

Siempre supe lo que pasa. Siempre he leído las cifras, escuchado testimonios, entrevistado especialistas.

Incluso, como muchas mujeres, no he sido ajena a experiencias de machismo, comentarios incómodos o situaciones de acoso que parecen tan normalizadas que a veces ni siquiera se denuncian.

Pero una cosa es conocer esa realidad y otra muy distinta es verla reunida en un mismo lugar, expresada en pancartas con nombres, carteles con frases escritas a mano, fotografías sostenidas con cuidado.

En la marcha del 8M 2026, un gran número de mujeres marchaban con amigas, otras con sus madres, o sus hijas, muchas con desconocidas que en ese momento parecían convertirse en compañeras de causa.

“No somos todas" o "ni una más", eran los gritos que retumbaban en las calles y se repetían como una ola que iba de un lado a otro del contingente.

En ese momento entendí algo que pocas veces había sentido con tanta claridad: las marchas no son sólo protestas; también son espacios donde el dolor, la memoria y la esperanza se encuentran.

Ver a tantas mujeres juntas por la misma causa no solo impacta, también conmueve.

Regresé a casa con mi celular lleno de apuntes y con varias historias que seguramente podrían convertirse en una nota, pero también regresé con una sensación distinta.

Esta vez el 8M no fue únicamente un tema más que cubrir, fue una experiencia que me recordó que detrás de cada cifra hay vidas reales, historias que no siempre llegan a los titulares, pero que siguen caminando cada año por las calles con la esperanza de que se haga justicia y que un día las niñas de ahora ya no pasen por lo mismo que nosotras.

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