Cuando las calles se iluminan y los hogares comienzan a vestirse de luces, es común ver adornos en rojo, verde y dorado.

Pero estos colores, tan recurrentes en la Navidad, no son elección fortuita: cada uno lleva consigo significados simbólicos que se han transmitido a lo largo de siglos y que mezclan tradiciones religiosas, naturaleza y antiguos rituales de invierno.

Verde: vida, esperanza y eternidad

El verde tan presente en árboles de Navidad, coronas y guirnaldas representa la vida que persiste aún en los climas más fríos.

Su uso se remonta a tradiciones de los países nórdicos, donde los pueblos celebraban el solsticio de invierno con plantas que nunca perdían sus hojas, como señal de que la vida continuaría.

En la simbología cristiana, este color ha llegado a representar la vida eterna y la esperanza del renacimiento espiritual con la llegada del Niño Jesús.

Rojo: sacrificio, calor y unión

El rojo es quizá el color más emblemático de la Navidad. Representa el fuego, la calidez del hogar, la pasión y la generosidad, ese calor humano que acompaña los encuentros familiares en diciembre.

Dorado: luz, riqueza espiritual y esperanza de prosperidad

El dorado y en ocasiones el plateado se asocia con la luz, con lo divino, con la riqueza simbólica y con la abundancia. Por tradición, recuerda los presentes que los Reyes Magos ofrecieron al Niño Jesús, especialmente el oro, lo que lo convierte en símbolo de realeza, divinidad y buenos augurios.

Asimismo, su brillo evoca la estrella que guió a los magos, ilumina las iglesias y hogares, y representa la esperanza de un nuevo año lleno de prosperidad.

El uso de estos colores no es sólo estética. Al adornar el árbol, el portal, las calles o los vestidos con rojo, verde o dorado, las familias se suman a una tradición que aunque tiene raíces europeas se ha adaptado a distintos contextos culturales.

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