En el Altiplano potosino, a dos horas de la capital, existe un platillo que despierta curiosidad, tradición y orgullo: los escamoles, una joya gastronómica que nace bajo la tierra árida del municipio de Charcas.

Ubicado a aproximadamente 191 kilómetros de la ciudad de San Luis Potosí, este municipio no solo resguarda historia minera y paisajes del desierto, también es cuna de uno de los alimentos más antiguos y exclusivos de la cocina mexicana.

Hablar de escamoles es hablar de herencia prehispánica. Su nombre proviene del náhuatl azcatl (hormiga) y molli (guiso), y se refiere a las larvas de la hormiga Liometopum apiculatum, conocidas popularmente como el “caviar mexicano”.

Pero más allá de su nombre, lo que los hace especiales es su origen: nacen bajo tierra, en nidos escondidos entre magueyes, nopales o árboles del desierto, donde son protegidos por hormigas agresivas.

Foto: Especial
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Su recolección no es sencilla; se realiza solo en temporada, principalmente entre marzo y abril, y requiere experiencia para extraerlos sin dañar su delicada estructura.

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En Charcas, esta práctica sigue viva.

Familias enteras se dedican a recolectarlos en comunidades del altiplano, manteniendo una tradición que ha pasado de generación en generación y que, además, representa una fuente de ingreso local.

El resultado de ese trabajo es un ingrediente tan delicado como versátil.

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En la cocina, los escamoles se transforman en múltiples formas: pueden servirse fritos con mantequilla y epazote, acompañados de tortillas recién hechas, mezclados con huevo, en mixiote o incluso integrados en salsas y guisos más elaborados.

No es casualidad que este alimento sea considerado un manjar.

Además de su sabor, su alto contenido nutrimental con niveles de proteína que superan incluso a algunas carnes y la dificultad de su extracción lo convierten en un producto exclusivo.

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En tiempos donde lo exótico se vuelve tendencia, los escamoles resisten como un símbolo de identidad.

En Charcas, no son moda: son historia, son trabajo y son memoria.

Porque en cada cucharada hay algo más que sabor: hay tierra, tradición y el eco de una cocina que nació mucho antes de que existieran las ciudades.

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