En la capital potosina, sobre la avenida Damián Carmona número 535, hay un pequeño local que resiste al paso del tiempo y a la lógica de lo desechable.

No tiene letreros luminosos ni vitrinas modernas, pero guarda entre sus paredes una historia de más de medio siglo: la del oficio llamado "hospital de balones".

Ahí trabaja Guadalupe Armando Medina Reyes, heredero de un oficio que hoy se encuentra en peligro de extinción.

El negocio fue fundado por su padre, Tiburcio Medina, quien llegó a ese mismo sitio en 1970 con la habilidad de saber coser.

Su oficio era la zapatería, dominaba el arte de darle un segunda vida al calzado, hasta que un día, casi por accidente -según señala el propio Guadalupe-, entendió que esas mismas manos y ese mismo conocimiento podían servir también para reparar balones y devolverles la vida.

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Foto: Humberto Torres
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“Un día le llegaron con un balón roto y él vio la oportunidad, lo compuso y quedó muy bien”, recuerda Guadalupe.

Ese primer intento no solo funcionó, sino que abrió la puerta a una nueva especialidad. En una época en la que los balones eran de cuero y estaban hechos para durar, repararlos era una opción lógica, económica e incluso necesaria.

Así nació el taller, que con el tiempo sería conocido por la comunidad como el “hospital de balones”.

El local, que tiene más de 80 años de historia, fue primero un espacio de reparación de calzado.

Luego, poco a poco, se transformó en un lugar donde los balones desgastados encontraban una segunda oportunidad, y así cientos de niños fanáticos del futbol o incluso deportistas, podían disfrutar por mucho más tiempo de sus balones.

Por lo que durante décadas, fue común ver entrar a clientes con pelotas desinfladas, rotas o vencidas por el uso, y salir con ellas listas para volver a la cancha.

Guadalupe llegó al taller en 1980. Aprendió el oficio de su padre a base de práctica constante y observación; con el paso de los años, terminó por quedarse al frente del “hospital”.

Foto: Humberto Torres
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“Él me enseñó todo”, recuerda con alegría, mencionando que fue un oficio que aprendió después de ver a su padre ejecutarlo miles de veces.

Reparar balones, una profesión casi extinta

Sin embargo, hoy la realidad es distinta. A más de 55 años de haber iniciado el negocio, el panorama ha cambiado por completo, y pasó del tiempo amenaza con desaparecer este oficio. “Mi trabajo ya pronto va a morir”, señala Guadalupe con angustia.

Explica que el avance de los materiales sintéticos y los productos de origen chino cambió por completo la industria.

“Los balones actuales ya no están pensados para repararse. Vienen sellados, hechos de una sola pieza, como los de básquetbol o voleibol”, señala.

Menciona que estos cuando se dañan, simplemente se reemplazan, pues es prácticamente imposible reparar un balón sintético.

A eso se suma la llegada masiva de productos chinos. Balones de bajo costo, accesibles para muchos, pero con poca durabilidad. “Son para tirar y comprar otro, con todo respeto los balones chinos son una basura, pero son baratos y desechables, por eso la gente mejor los tira ya no los quieren reparar porque son puro mugrero”, explica Guadalupe.

Foto: Humberto Torres
Foto: Humberto Torres

Además menciona que aunque se podían reparar sería imposible competir con los precios, pues menciona que la gente prefiere comprar un balón nuevo de 100 pesos a pagar por una reparación de 60 u 80 pesos “Mejor ya compran uno de 80 o 100 pesos… no sirve bien, pero ya les sale mejor pagar por otro de esos a venir a reparar uno de cuero”, explicó.

El golpe ha sido fuerte pues señala que desde hace más de 5 años, el trabajo ha disminuido de manera considerable.

Donde antes había movimiento constante, hoy hay silencio. Las semanas transcurren con pocos clientes, y el taller sobrevive más por resistencia que por demanda, “A veces vengo no más para no aburrirme”, confiesa señalando que ya no es una fuente de ingresos constante.

Señala que tiene la fortuna de que el local es propiedad suya, de lo contrario, menciona que hace bastantes años habría quebrado. “Si pagara renta, ya hubiera cerrado”, reconoce.

Hoy en la esquina de la avenida Damián Carmona, hay un oficio que hoy enfrenta el riesgo de desaparecer sin dejar relevo, por lo que el propio Guadalupe menciona que cada balón reparado es también una forma de mantener viva esa tradición.

“Que no se vayan por lo barato”, dice. “Que compren algo bueno, algo que podamos reparar para que no dejen morir estos trabajos de antes”, sentencia.

La puerta del “hospital de balones” sigue abierta. Tal vez ya no entran tantos clientes como antes, pero el oficio sigue ahí, resistiendo en cada costura, siendo un oficio que se niega a morir.

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