Leonora Carrington y Remedios Varo se convirtieron en las exponentes más potenciales de la pintura surrealista en México y pese al tiempo que nos separa de sus vidas, las artistas siguen siendo recordadas por el legado innegable que como tatuaje marcaron en nuestro país.

Un hilo invisible las conectaba en cada encuentro, en cada cuadro y en cada mirada. Aunque Varo era nueve años mayor que Carrington —lo que impedía que compartieran el mismo nivel de educación—, el arte fungió como un puente para el encuentro de ambas.

Carrington servía como inspiración para Varo y lo mismo sucedía a la inversa. Ambas compartían el gusto por el misticismo, el psicoanálisis, el exilio y tenían influencias extranjeras que fueron entretejiendo junto a las costumbres y la cultura mexicana.

Carrington, ‘la yegua avasalladora que trota y deja huella’

Hablar de la mítica Leonora Carrington sugiere sumergirse en los pliegues marinos del surrealismo, caer en un abismo donde levitan las criaturas antropomorfas plasmadas en sus cuadros, penetrar en el significado de sus esculturas y las obras que escribió en prosa.

El rotundo éxito de Leonora es el resultado de una vida atribulada, mediada por la rebeldía y la independencia, aunada a una soledad más bien impenetrable. “No tuve tiempo de ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser artista”, apuntó en algún momento Carrington.

Leonora era originaria de Inglaterra y estudió arte en Francia, lugar decisivo para el encuentro con su futura pareja sentimental: Max Ernst. Aunque la diferencia de edades entre ambos era abismal y sus posturas eran más bien radicales, conformaron una relación efímera y desgastante para ambos.

Leonora tuvo que huir a España luego de que encarcelaran a Ernst dada la invasión nazi, lo que le costaría una estancia prolongada en un manicomio de Santander, hasta que las circunstancias le permitieran escapar y encontrar refugio en la embajada de México en Lisboa. Suceso que prepararía a México para la entrada de una leyenda del surrealismo.

La pintura de Leonora es un reflejo de su inconsciente y su desbordante imaginación, de una precaria felicidad, un exilio inevitable, la ruptura de su primer y fatídico romance; fue una mujer que impulsó la destrucción del canon de los pintores de su época y se convirtió en la última sobreviviente al movimiento surrealista.

Leonora fue la yegua blanca de sus cuadros, la viva representación de la libertad. Fue la yegua que recorrió el mundo trotando a paso veloz dejando una huella imborrable en dondequiera que pisaba. Vivió devorada todos los días por sus pinturas, por sus criaturas mágicas y simbolismos, por cada escultura que yace resguardada en Xilitla y en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, pero también en el resto del mundo.

Leonora fue una mujer universal libre de convencionalismos y la única que desafío al canon hasta que logró degradarlo.

La amistad inmarcesible entre las dos partes del rostro surrealista
La amistad inmarcesible entre las dos partes del rostro surrealista

La soltura del trazo en el personaje principal —que bien podría ser una mantarraya o el residuo mejor cuidado de un telar de seda— se alza con fuerza para recibir a dos niñas humanas a quienes les ofrece un juego de bolas de cristal. El minotauro, bien vestido, pierde la mirada en un infinito incierto, mientras una figura femenina baila sola bajo un reflector que parece venir de otro estado de consciencia. Una rosa yace tirada en el suelo, casi a punto de desangrarse. [Referencia recuperada de: https://culturacolectiva.com/arte/exposicion-leonora-carrington-cuentos-magicos-en-el-mam ]

Varo, ‘la de los cadáveres exquisitos’

La pequeña Remedios, nacida en los primeros años del siglo pasado, fue una niña extrovertida, atenta y con una inteligencia desmesurada, todo lo que veía tenía un significado, un nombre, un lugar en el mundo y si alguien decía que no era así, ella le consignaba un sitio en su universo. Víctima de traslados abruptos y repentinos, Varo tuvo que aprender a ver el mundo de una manera más bien precipitada. Conoció el amor a temprana edad, el amor a la pintura y sus criaturas, a sus pequeños esbozos inacabados y los lienzos donde marcaría gran parte de su talento.

Durante 1935 Remedios Varo inició su acercamiento al movimiento surrealista, que en aquel entonces encabezaba André Breton. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial emitía sus primeras luces y en Francia la invasión nazi comenzaba a desplazar a la población, acontecimiento que marcaría a Remedios para siempre y que la haría exiliarse en México, donde comenzaría su legado junto a intelectuales como Octavio Paz y Leonora Carrington.

Sus cuadros, a menudo poblados de personajes con actividades científicas, repletos de características andróginas, rasgos místicos y la representación del infravalorado trabajo de la mujer, fueron decisivos en su vida personal y artística. Aunque la obra de Varo no fue autobiográfica —como lo fue la de Leonora Carrington—, deja ver los resplandores de las inquietudes que las mujeres de su época compartían, que no precisamente se resumían a lo que ella experimentaba.

La obra de Remedios Varo destacó indudablemente en México, lugar donde pudo alejarse del canon europeo y en el que fue capaz de consolidar sus ideas junto a personajes que compartían el gusto por el surrealismo, como lo fue Leonora Carrington, la única persona que en medio de la locura encontró la cordura. Ambos personajes dejaron un legado que aún en el siglo XXI sigue haciendo ruido en medio de estos dos silencios femeninos.

Nacidas en distintos países y separadas de estos por el exilio, como lo hicieron muchos artistas e intelectuales que viven y vivieron en nuestro país, Leonora y Remedios dejan entrever el lazo discreto que, más allá de ligarse solo por el surrealismo, comparte una fuente de inspiración, un refugio, una casa de jardines elevados y murallas que, en lugar de derrumbar, comenzaron a pintar; esa es la esencia que México plasmó en la sangre de ambas, es el rostro surrealista mexicano dividido en dos partes: Remedios Varo y Leonora Carrington, las últimas exponentes de este movimiento.

La amistad inmarcesible entre las dos partes del rostro surrealista
La amistad inmarcesible entre las dos partes del rostro surrealista

En su famosa pintura, Papilla estelar (1958), Varo representa a una mujer, que, en la soledad de las alturas, alimenta maternalmente a una luna creciente. La luna, símbolo femenino de fertilidad y fortaleza, está enjaulada, igual que la mujer que la alimenta. De esa manera, la artista representó un conjunto de pensamientos femeninos, que van desde el deseo de ser madre, hasta el hartazgo frente al patriarcado que aísla y encierra a la mujer en un ciclo terrible e irónico, pues es ella misma la que lo alimenta. [Información recuperada de: https://aion.mx/arte/remedios-varo#_ftn2]

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