Pequeñas, rústicas y de sabor intenso, las chancaquillas son uno de esos dulces que resumen la historia del campo potosino en un solo bocado.

Elaboradas a base de piloncillo, pepitas y semilla de calabaza este producto típico del Altiplano potosino tiene raíces que se remontan al periodo colonial, cuando la caña de azúcar fue introducida a la Nueva España y comenzó la producción de panela en distintas regiones del país.

De acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER), el piloncillo es un endulzante no refinado obtenido a partir de la evaporación y concentración del jugo de caña de azúcar.

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Su producción artesanal se mantiene vigente en estados como San Luis Potosí, particularmente en comunidades rurales donde aún se utilizan moldes tradicionales y hornillas de leña.

Su nombre proviene de la palabra “chancaca”, término de origen náhuatl que hace referencia al azúcar morena solidificada.

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¿Por qué son parte de la identidad potosina?

Más allá de su sabor intenso y ligeramente tostado, las chancaquillas representan una tradición transmitida por generaciones.

En ferias regionales, mercados municipales y fiestas patronales aún es posible encontrarlas envueltas en papel celofán o vendidas a granel.

Forman parte del amplio repertorio de dulces tradicionales mexicanos.

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En una época dominada por productos industrializados, las chancaquillas sobreviven como testimonio del trabajo comunitario y del uso de materias primas locales.

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