Durante gran parte de su niñez, Jesús Misael creyó que aquello que sentía desaparecería algún día o que, quizá, una intervención divina resolvería lo que para él era una inquietud permanente.
Hoy, con 40 años, recordó que desde muy pequeño percibía una desconexión entre su identidad y su cuerpo.
Mientras otros niños descubrían el mundo sin cuestionamientos, él experimentaba una sensación difícil de explicar con las palabras que tenía entonces.
“Siempre me vi más como un niño. No era únicamente que me gustaran ciertas actividades o juguetes; había algo más profundo. Sentía que mi cuerpo no correspondía con quien yo era”, relató.
Criado por su madre y sus abuelos en un entorno marcado por la tradición católica, pasó buena parte de su infancia intentando comprender aquello que nadie a su alrededor parecía poder explicarle.
Recordó que, siendo muy pequeño, observaba diferencias físicas con otros niños y llegaba a convencerse de que algún día su cuerpo cambiaría.
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La fe ocupó un papel importante en esa búsqueda.
Durante años rezó esperando despertar convertido en quien sentía que era.
Sin embargo, la llegada de la adolescencia y de su primera menstruación le hizo comprender que aquello no sucedería.
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“Fue cuando entendí que las cosas no iban a cambiar por sí solas”, recordó.
La falta de referentes y de información convirtió aquella etapa en un periodo de profunda incertidumbre.
En ese momento, desconocía por completo la existencia de las personas trans y tampoco encontraba espacios seguros donde expresar sus dudas.
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Incluso dentro de su propia familia, aprendió pronto que había temas que era mejor no mencionar.
Recordó que siendo niña comentó que algún día tendría barba y se casaría con una compañera de escuela.
Aunque la reacción inicial provocó algunas risas, también recibió el mensaje de que ese tipo de comentarios "no eran bien vistos". A partir de entonces, optó por guardar silencio.
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Durante la adolescencia, desarrolló estrategias para pasar desapercibido.
Cuenta que llegó a modificar hábitos alimenticios porque le preocupaba que los cambios físicos propios de la pubertad evidenciaran un cuerpo con el que no se sentía identificado.
“Mi intención era no llamar la atención. Quería evitar preguntas y conversaciones que me resultaban incómodas”, explicó.
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Con la llegada de internet comenzó una búsqueda que marcaría un antes y un después.
Aunque inicialmente encontró información relacionada con hombres trans, poco a poco descubrió contenidos en inglés que le permitieron acercarse a experiencias similares a la suya.
Aun así, el proceso fue lento y solitario.
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La situación cambió cuando cursaba la universidad, ya que en esa etapa a su madre le diagnosticaron cáncer y posteriormente los médicos informaron que las opciones de tratamiento eran limitadas.
Ante la posibilidad de perderla sin haber compartido una parte esencial de su vida, decidió buscar ayuda psicológica.
Fue durante ese acompañamiento profesional cuando comenzó a poner nombre a lo que sentía y a comprender mejor su identidad.
“Mi mayor preocupación era no poder decírselo antes de que falleciera”, relató.
Finalmente, reunió el valor para hablar con ella aproximadamente un mes antes de su muerte.
La conversación estuvo marcada por lágrimas, emociones encontradas y un sentimiento de culpa que su madre expresó al considerar que quizá no había detectado antes lo que ocurría o que no había generado la confianza suficiente para que él pudiera compartirlo.
Sin embargo, lejos del rechazo que había temido durante años, encontró comprensión.
“Ella me dijo que buscara mi felicidad, que no dejara de hacerlo por nadie”, recordó.
Tras el fallecimiento de su madre, comenzó una nueva etapa de búsqueda y acercamiento a la comunidad LGBTIQ en San Luis Potosí.
Un punto de inflexión llegó cuando asistió a una de las primeras ediciones de la Semana Cultural de la Diversidad Sexual en la entidad.
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Ahí encontró referentes, especialistas y espacios de diálogo que le permitieron conocer a otras personas con experiencias similares.
Posteriormente, inició acompañamiento médico con una endocrinóloga y comenzó su tratamiento hormonal.
Recordó con claridad el día de su primera aplicación de testosterona: el 8 de octubre de 2012.
“Aunque siempre me dieron miedo las inyecciones, esa fue la más feliz de mi vida”, comentó.
Los cambios físicos comenzaron a hacerse visibles en los meses siguientes.
La voz se transformó gradualmente, apareció vello facial y cesó el ciclo menstrual.
Para él, cada modificación representaba un paso más hacia una identidad que durante años había permanecido oculta.
Sin embargo, la transición también estuvo acompañada de dificultades.
Una red de apoyo fuera de casa
Al informar a sus familiares más cercanos, encontró reacciones diversas.
Mientras algunos decidieron acompañarlo, otros se distanciaron durante varios años debido a diferencias relacionadas con sus creencias.
Durante ese periodo dejó de participar en reuniones familiares y celebraciones importantes.
“Hubo una ruptura que duró varios años”, recordó.
En esos momentos encontró respaldo en personas que terminaron convirtiéndose en una segunda familia.
Entre ellas, la familia de una amiga universitaria que lo acogió en fechas significativas y le brindó acompañamiento emocional.
Paralelamente, comenzó a involucrarse en organizaciones civiles y espacios de formación relacionados con diversidad sexual y derechos humanos, experiencias que le permitieron fortalecer su red de apoyo y ampliar sus conocimientos.
Con el paso del tiempo también empezó a compartir públicamente su historia.
Lo que inicialmente fue un testimonio personal terminó convirtiéndose en una herramienta para que otras personas trans se acercaran a él en busca de orientación.
“Descubrí que había más hombres trans de los que imaginaba. Muchos se identificaban con partes de mi experiencia”, señaló.
Para Misael, uno de los avances más importantes de los últimos años ha sido la mayor visibilidad de las diversidades sexogenéricas.
Sin embargo, considera que aún existen retos relacionados con la manera en que la sociedad sigue asociando ciertos gustos, actividades o formas de expresión con un género específico.
A su juicio, es necesario permitir que las infancias exploren libremente sus intereses sin que ello implique etiquetas inmediatas.
En el ámbito laboral también enfrentó obstáculos.
Explicó que la falta de documentos actualizados y diversos trámites burocráticos complicaron algunas oportunidades profesionales.
Particularmente recuerda las dificultades para obtener certificados académicos en la Universidad del Valle de México (UVM) con su nombre actualizado, un proceso que se prolongó durante meses y que tuvo que resolver mediante gestiones fuera del estado.
A pesar de ello, continuó construyendo su proyecto de vida.
Llegó el cambio oficial
En el 2018 hizo su cambio de nombre oficial.
Actualmente, mantiene una relación estable con su familia, con quienes logró reencontrarse antes de la pandemia.
Aunque reconoce que no todos se han involucrado activamente en temas de diversidad, aseguró que hoy existe una convivencia respetuosa y cercana.
Además, comparte su vida con su esposa, una hija y dos perros que completan su hogar.
“Mi vida es bastante normal”, compartió.
Después de décadas de silencios, incertidumbres y aprendizajes, Jesús Misael decidió contar su historia con la esperanza de que otras personas encuentren en ella algo que a él le hizo falta durante muchos años: la certeza de que no están solas.
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